De la simetría interplanetaría y el comportamiento colectivo.

Luego de terminar de leer Hamlet de Shakespeare, me metí con una edición de los cuentos completos de Cortázar, que me regalaron para navidad, y que, para mi encanto, tiene seis selecciones de cuentos que conforman un gaudeamus para el alma y el cerebro.

Uno de estas selecciones se titula La otra orilla y se subdivide dando lugar a Prolegómenos a la Astronomía, un grupo de cuentos que constituyen una suerte de viaje intergaláctico por algunas facetas de la humanidad.

Terminando la organización, llegamos al cuento del que quiero hablar. Siendo el primero de cuatro, titulado De la simetría interplanetaria, relata la historia de una raza de seres, llamados graciosamente farenses (de un planeta Faros):

De la Simetría Interplanetaria


    Apenas desembarcado en el planeta Faros, me llevaron los farenses a conocer el ambiente físico, fitogeográfico, zoogeográfico, político-económico y nocturno de su ciudad capital que ellos llaman 956.
Los farenses son lo que aquí denominaríamos insectos; tienen altísimas patas de araña (suponiendo una araña verde, con pelos rígidos y excrecencias brillantes de donde nace un sonido continuado, semejante al de una flauta y que, musicalmente conducido, constituye su lenguaje); de sus ojos, manera de vestirse, sistemas políticos y procederes eróticos hablaré alguna otra vez. Creo que me querían mucho; les expliqué, mediante gestos universales, mi deseo de aprender su historia y costumbres; fui acogido con innegable simpatía.
Estuve tres semanas en 956; me bastó para descubrir que los farenses eran cultos, amaban las puestas de sol y los problemas de ingenio. Me faltaba conocer su religión, para lo cual solicité datos con los pocos vocablos que poseía -pronunciándolos a través de un silbato de hueso que fabriqué diestramente-. Me explicaron que profesaban el monoteísmo, que el sacerdocio no estaba aún del todo desprestigiado y que la ley moral les mandaba ser pasablemente buenos. El problema actual parecía consistir en Illi. Descubrí que Illi era un farense con pretensiones de acendrar la fe en los sistemas vasculares (“corazones” no sería morfológicamente exacto) y que estaba en camino de conseguirlo.
Me llevaron a un banquete que los distinguidos de 956 le ofrecieron a Ili. Encontré al heresiarca en lo alto de la pirámide (mesa, en Faros) comiendo y predicando. Lo escuchaban con atención, parecían adorarlo, mientras Illi hablaba y hablaba.
Yo no conseguía entender sino pocas palabras. A través de ellas me formé una alta idea de Illi. Repentinamente creí estar viviendo un anacronismo, haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gestaban las religiones definitivas. Me acordé del Rabbi Jesús. También el Rabbi Jesús hablaba, comía y hablaba, mientras los demás lo escuchaban con atención y parecían adorarlo.
Pensé: “¿Y si éste fuera también Jesús? No es novedad la hipótesis de que bien podría el Hijo de Dios pasearse por los planetas convirtiendo a los universales. ¿Por qué iba a dedicarse con exclusividad a la tierra? Ya no estamos en la era geocéntrica; concedámosle el derecho a cumplir su dura misión en todas partes.”
Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. “Qué tremenda tarea”, pensé. “Y monótona, además. Lo que falta saber es si los seres reaccionan igualmente en todos lados. ¿Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón…?” Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante ¡Clavar en un madero al hijo de Dios…!
Los farenses, para mi completa confusión, aumentaban las muestras de su cariño; prosternados (no intentaré describir el aspecto que tenían) adoraban al maestro. De pronto, me pareció que Illi levantaba todas las patas a la vez (y las patas de un farense son diecisiete). Se crispó en el aire y cayó de golpe sobre la punta de la pirámide (la mesa). Instantáneamente quedó negro y callado; pregunté, y me dijeron que estaba muerto. Parece que le habían puesto veneno en la comida.

Ciertamente, en 956 existe una raza de seres coterráneos. Estos entes, con altas variaciones morfológicas, constituyen una sátira del hombre. Son verdaderamente insectos, utilizados por Cortázar para llevar a cabo una burla crítica del hombre, de sus realidades y su naturaleza.

Los forenses son anacrónicos al terrestre. Cuando el narrador los visita, transitan una época notable (Cortázar lo explicita: […] haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gestaban las religiones definitivas). El protagonista conoce a un mesías, que, al igual que en la tierra, es asesinado por presentar ideas radicales.

Los pensamientos drásticos son temidos. Nuestros temores responden a lo extranjero como a un estímulo negativo. La evolución es lenta pero repentina, y los estandartes de razonamiento no cambian de un día para otro. La incertidumbre es un pilar del pensamiento y la lógica.

En Faros vemos a la tierra, satirizada, y al hombre farense, involucionado, temeroso e ignorante.

El escritor argentino mantiene la desigualdad visual entre el hombre y el extraterrestre, pero sus acciones correspondientes hablan de un juicio común, y de un grupo de instintos ancestrales.

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Acerca de Franco
Estudio Letras. Soy amante del cine y escribo sobre las películas que veo, cosas que leo, y sobre otros asuntos. Si te gusta el blog, sentite invitado a comentar.

One Response to De la simetría interplanetaría y el comportamiento colectivo.

  1. zusey says:

    Ese cuento esta bien chiflado jeje, lo lei porque tenia que resumir que cosa entendi.

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