“Canto el Cuerpo Eléctrico” (Ray Bradbury): hombres y robots más humanos

Junto a Fantasmas de lo nuevo (el cuento), considero que esta obra es una de las más destacadas de la antología de Bradbury. En ella se mezclan una trágica historia, o mejor dicho lo que queda luego de la tragedia; con ciertas consideraciones y reflexiones que transmite el autor en la voz de uno de los protagonistas (la abuela), donde sin duda la que cobra mayor fuerza o notoriedad es aquella que refiere al papel de las máquinas (tópico tan frecuente en la obra del autor estadounidense). El encuentro entre ambos sucesos es el elemento que da sentido a la narración, y es clave dentro del desenlace.

Si bien no se explicita la época en que los hechos tienen lugar, podemos ver claramente que se dan en un futuro (cincuenta años, tal vez). En dicho contexto se narra el momento posterior a la muerte de una madre; en otras palabras, se cuenta cómo trata esta familia de salir adelante. Los obstáculos que deben superar son dos: el primero, el de enfrentar el dolor provocado por la pérdida (cada uno lo asimila de diferente manera, aunque en la hija menor es más evidente); el segundo, que afecta a todos pero preocupa principalmente al padre, es el de saber cómo serán sus vidas luego de la tragedia.

Precisamente, lo que requiere con urgencia el padre de esta familia es encontrar a alguien que se ocupe de los niños mientras él trabaja. Ni una tía ni las niñeras parecen satisfacer esta necesidad, por lo que el padre, desesperado, busca alternativas. Una de ellas, por extravagante que parezca, será la elegida: una abuela mecánica.

Se trata de un curioso invento, producido por una tal compañía Fantoccini, que tiene el fin de ayudar en las tareas domésticas y en la crianza de los hijos a aquellas familias que han sufrido terribles acontecimientos. Como el mismo creador revela, “Nada puede sustituir a los padres en el hogar. Pero hay familias en que la muerte, la mala salud o la invalidez minan el bienestar de los niños”.

De esta manera, lo narrado posteriormente describe principalmente la relación que se genera entre los tres chicos y la abuela-robot. Ésta última, de características y aspecto humanos, ha recibido toda la información necesaria con respecto a la situación de la familia, y sabe cómo es cada uno de sus integrantes. Buscará ganarse su confianza y afecto, con el único fin de cumplir su misión de la mejor manera posible.

Agatha, la hija menor, es quien más se resiste a la llegada de la abuela. Profundamente dolida por la muerte de su madre –hecho que afectó de manera particular a la niña, ya que le provocó que no confiara en otras personas, especialmente adultos–, la pequeña no quiere acercarse a la nueva integrante de la familia por miedo a volver a experimentar el sentimiento de pérdida.

Por otro lado, la reflexión o mensaje que destacábamos en el primer párrafo, el del rol de las máquinas, es central en la obra. De alguna manera, todo en ella gira alrededor de este único pensamiento, que se convierte en eje, en núcleo. Se describe y explica el dolor de los integrantes de la familia con el fin de dejar en evidencia qué tan útiles pueden llegar a ser las máquinas para el hombre, si se las diseña inteligente y humanamente.

-Extraño- dijo papá-. Cuando yo era chico, había muchas protestas contra las máquinas. Las máquinas eran malas, dañinas, deshumanizaban…

-Algunas máquinas sí. Todo depende de la manera en que son construidas. Todo depende de la manera en que se las usa. Una trampa para osos es una simple máquina que atrapa, retiene y desgarra. Un rifle es una máquina que hiere y mata. Bueno, no soy una trampa para osos, no soy un rifle. Soy una máquina abuela, es decir, más que una máquina.

-¿Cómo puedes ser más de lo que pareces?

-No hay hombre tan grande como sus propias ideas. En consecuencia, cualquier máquina que encarne una idea es más grande que el hombre que la hizo. ¿Y qué hay de malo en eso?

BRADBURY 1

“Sabía que la mayoría de las máquinas son amorales, ni malas ni buenas. Pero del modo como uno las construyera o las modelara, se modelaba a la vez a hombres, mujeres y niños para que fueran malos o buenos (…) Y para eso se necesitan ejemplos.

-¿Ejemplos?- pregunté.

-Otras personas que se comporten bien, y que uno pueda imitar. Y si nos comportamos bastante bien durante bastante tiempo, todos los pelos se caen y dejamos de ser un mono malvado.

La abuela se sentó de nuevo.

-Así, durante miles de años, vosotros los humanos necesitasteis reyes, sacerdotes, filósofos, ejemplos hermosos para mirar y decir “Ellos son buenos, quisiera ser como ellos. Ellos encarnan el gran estilo.” Pero como también son humanos, los mejores sacerdotes, los filósofos más compasivos cometen errores, pierden la gracia, y la humanidad se desilusiona y cae en un escepticismo indiferente o, peor aún, en un cinismo inmóvil, y el mundo bueno se detiene rechinando mientras el mal avanza a grandes zancadas.

-¡Y tú, qué, tú nunca cometes errores, eres perfecta, eres siempre mejor que nadie!

La voz venía del vestíbulo entre la cocina y el comedor donde Agatha, como todos sabíamos, estaba junto a la pared escuchando y ahora estallaba.

La abuela ni siquiera se volvió hacia la voz, y continuó hablándoles con calma a la familia sentada a la mesa.

-No, perfecta no, porque ¿qué es la perfección? Pero lo que sé es esto: como soy mecánica no puedo pecar, no puedo ser sobornada, no puedo ser codiciosa ni celosa ni mezquina ni pequeña. No saboreo el poder por el poder mismo. La velocidad no me empuja a la locura. El sexo no me lleva a la rastra por el mundo. Tengo tiempo más que suficiente para recoger la información que necesito.

(…)

-Pero- dijo papá, deteniéndola, mirándola de frente. Contuvo el aliento. La cara se le oscureció. Al final dijo-: Tanta charla sobre el amor, la atención, todas patrañas. ¡Santo Dios, mujer no sabes qué hablas!

(…)

-Yo no. Pero vosotros sí. Tú, Tomas, Timothy, Agatha.

“Todo lo que digáis, todo lo que hagáis, lo guardaré, apartaré, atesoraré. Seré todas esas cosas que una familia es y olvida, pero que siente, y recuerda a medias. Mejor que los viejos álbumes de familia que hojeabais diciendo: esto fue en invierno, eso aquella primavera, recordaré lo que olvidáis. Y aunque en los próximos cien mil años sigamos preguntándonos qué es el amor, quizá descubramos al fin que el amor es alguien capaz de devolvernos a nosotros mismos. Quizá el amor sea alguien que ve y se acuerda de devolvernos a nosotros mismos, mostrándonos que somos un poco mejores que en nuestras mismas esperanzas y en nuestros sueños…

“Soy la memoria de la familia y un día quizá, la memoria de la raza también, pero en la palestra, y a vuestro pedido. No me conozco a mí misma. No puedo tocar ni gustar ni sentir en ningún plano. Sin embargo existo. Y mi existencia no es otra cosa que la exaltación de vuestras posibilidades de tocar, gustar y sentir.

Luego de una lectura cuidadosa, podemos afirmar lo siguiente: la máquina sigue siendo máquina; lo que cambia es el hombre, el creador. La diferencia entre un rifle, un auto o la abuela es el fin por el que fue diseñada; las características y apariencia humanas sólo son circunstancias, partes o cualidades que permiten que cumpla su misión (como en un auto, el motor, por ejemplo).

Como vemos, de acuerdo a nuestra interpretación, lo que sufre un cambio es el hombre: su visión, sus intenciones, sus deseos, sus acciones. La máquina sigue teniendo una función, que es la de satisfacer las pretensiones humanas (en este caso específico, la de ayudar a las familias necesitadas). “No hay hombre tan grande como sus propias ideas. En consecuencia, cualquier máquina que encarne una idea es más grande que el hombre que la hizo. ¿Y qué hay de malo en eso?” Para que la máquina llegue a ser lo que es, la idea debe gestarse en la mente creadora, y luego materializarse en un artefacto acorde a lo pensado.

Más allá de esto, debemos destacar también la mirada optimista que predomina en el relato. Es una historia con “final feliz” –si nos centramos en la relación hombre – máquina–, y este aspecto no es menor, ya que establece una diferencia con otras obras (con Llamada Nocturna, por ejemplo). Porque las tragedias siguen sucediendo; los problemas continúan obstaculizando a las personas; y los fantasmas de siempre siguen acechando a los personajes; pero la diferencia reside en que, al menos dentro de este mundo, las máquinas en definitiva ayudan, satisfacen a los hombres, y de un modo mucho más humano.

La abuela, en este caso, tiene como única misión ayudar a la familia, y lo hace óptimamente porque, como ella misma revela, no elige, ni siente; sólo es funcional al hombre.

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