El conocimiento y sus condiciones

La filosofía de la ciencia es una rama de la filosofía que se ocupa acerca del conocimiento científico. Las preguntas que se plantea son relativamente diversas entre sí –no sólo si es posible el conocimiento, por ej., sino que también incluye cuestiones éticas y ontológicas-, si bien el objeto de estudio es siempre el mismo. Por lo tanto, esta rama se subdivide a su vez en tres nuevas categorías, cuyos planteos son bastante más delimitados. Una de ellas es la epistemología, o teoría del conocimiento científico. Antes de seguir, quiero aclarar que buena parte de lo que intento explicar aquí, de manera sencilla, es una especie de resumen de lo que aprendí en la Facultad.

La epistemología se ocupa, entonces, del conocimiento proposicional (y no del conocimiento en general, propio de la gnoseología). ¿Qué significa que sea proposicional? En general, se piensa que se deben cumplir tres requisitos fundamentales para poder considerarlo de esta naturaleza.

El primero es la creencia. Para que un sujeto conozca una proposición, debe estar convencido de ella. Esta condición es necesaria, pero es evidente que no alcanza: si no, todas las creencias serían conocimiento (desde lo que piensa un chico acerca de cosas que no comprende, hasta cualquier creencia religiosa).

En segundo término, debemos introducir el concepto de verdad. Que una proposición sea verdadera significa que lo que se dice de ella coincida o se dé efectivamente en los hechos. El criterio de verdad utilizado en este caso es el correspondentista (también llamado aristotélico).

Que un sujeto crea en algo, eso es indudable. Que la verdad es única y absoluta, puede (y de hecho es) ser puesto en tela de juicio, por diferentes motivos: que hay varias verdades, y todo depende del sujeto; que la verdad es una construcción humana, un pacto, producto de nuestra imposibilidad de conocer realmente lo que nos rodea, etc. La tercera condición es más problemática aún, porque depende necesariamente del sujeto.

De esta manera, el tercer requisito es el de las justificaciones o motivos. Esta condición hace referencia a las razones que un sujeto tiene para creer que p (una proposición cualquiera). Un ejemplo típico que ayuda a comprender este caso es el de una persona que afirma saber cuáles son los números o resultados de un juego de azar. Este individuo está convencido de que los números que él cree saldrán ganadores; efectivamente, los números que él había elegido luego son los vencedores. ¿Podemos afirmar que este sujeto poseía realmente un conocimiento (partiendo de la base de que no hizo trampa ni había arreglos)?

La respuesta que se da desde la epistemología es no. No sabía que iban a salir esos números, porque no se había basado en motivos concretos, no poseía ningún tipo de evidencia. Como no tenía buenas razones, no poseía conocimiento.

Entonces, ¿cuáles serían buenas razones? En la ciencia, por ejemplo, las teorías propuestas para dar respuesta a una situación específica tienen siempre un fundamento. No importa si después resultan ser verdaderas (o aceptadas como verdaderas), lo que aquí se destaca es que posean razones que den ciertos indicios, que hagan pensar que la hipótesis propuesta se acerque, al menos, a la naturaleza del objeto o fenómeno estudiado.

Si Charles Darwin propuso la teoría de la evolución de las especies, no fue debido a una voz que se lo dictó en un sueño, o a un “pálpito” o corazonada. Fue producto, evidentemente, de una serie de observaciones, comparaciones, etc. Que pertenecían a un método riguroso.

Planteadas las cosas de esta manera, podría parecer que el asunto está resuelto, que la verdad es bien evidente y lo falso, por infundado, es distinguido rápidamente como tal. El problema que señalábamos antes era el de las buenas razones. Hay casos en los que, aun habiendo motivos concretos y aparentemente indiscutibles para creer que p, podemos observar que no hay conocimiento.

Edmund Gettier, filósofo estadounidense, publicó en un breve artículo (1963) un contraejemplo a la definición de conocimiento proposicional. Planteó un caso en el que, si bien se cumplen las tres condiciones, no sería atinado afirmar que hay conocimiento. De manera similar, otros filósofos, especialistas en epistemología o lógica, propusieron ejemplos de la misma naturaleza. Uno de ellos, elaborado por el británico Bertrand Russell, dice algo así:

“Un hombre pasa caminando todos los días por una esquina exactamente a las doce del mediodía. Hoy, como siempre, pasa por el lugar a las doce, y está convencido de ello. No sólo se basa en su experiencia para afirmar que siempre pasa a la misma hora, sino que en un edificio hay un gran reloj, que le confirma su creencia”.

Aparentemente, aquí no hay ningún inconveniente. El sujeto cree, tiene buenos motivos para hacerlo, y efectivamente lo que considera verdadero se da en los hechos. Sin embargo, el planteo de Russell demuestra que no son suficientes los requisitos. ¿Por qué? Lo que el filósofo añade a la situación es lo siguiente: el reloj no andaba. Fue coincidencia que marcara las doce, ya que se había detenido exactamente a las doce de la noche anterior.

Como vemos, el tema de las buenas razones no ofrece certezas. Si el criterio falla una vez, ¿por qué no en otras situaciones? Es subjetivo porque lo que alguien entienda por seguro, bueno, etc., no es lo mismo que para otro. Y aunque todos crean lo mismo, es decir que todos los individuos posean un criterio similar para determinar qué razones o evidencia es suficiente, no implica que podamos conocer. Puede suceder, en el último caso, que todos estén equivocados, aun guiándose por buenas razones (lo que vemos en el ejemplo de Russell).

A este problema se lo llama comúnmente “problema de Gettier”. Como una de las posibilidades que surge a partir de éste es la de agregar una cuarta condición, que termine por cerrar este asunto, también es conocido como el “problema de la cuarta condición”.

Por lo tanto, queda bastante claro que el concepto de conocimiento proposicional no está cerrado ni es definitivo. Dos de sus tres condiciones, al menos, son problemáticas. Y, como casi todo en filosofía, parece no existir una solución absoluta y definitiva.

RussellBertrand Russell, uno de los filósofos

que cuestionó el concepto de conocimiento

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