Tempestad y crecimiento.

El vivir es, muchas veces, existir en un estado de paz con el universo. El tiempo de conservación y linealidad se ve interrumpido por fugaces estruendos. Terremotos destruyen el mundo, y nosotros parados tratando de no caernos, esperando que el mundo resista y se reconstruya.

Aterrados por una realidad endeble, paralizados ante la duda de la ilusión existencial. Nuestra conciencia busca desesperadamente lo concreto, un suelo firme para pisar, una existencia fija para abrazar, y los cambios destruyen al mundo, ramifican en el hileras de un abismo que se propaga.

Los truenos anuncian la lluvia. Explosiones de energía queman el suelo. Un Dios humano parece castigar la inconsistencia del hombre. Pero no, los rayos traen lluvia. La lluvia ingresa a la tierra como agente purificador, sana las heridas, estabiliza la tierra y la realidad vuelve a su tranquilidad. Pero no es la misma: ha cambiado, y con ella, nosotros.

El destino es el perpetrador, el que define el movimiento de las galaxias, invisibles gigantes que cubren el infinito, dioses de antaño y ahora titanes, entes perfectos y gloriosos. La melodía estelar es cantada por ellos: el tiempo debe suceder. Solo Dante en su delirio imaginó un universo simultáneo, independiente a influencia del destino, a la sucesión de los tiempos.

Pues con esta sucesión el universo cambia, se destruye en terribles tempestades, se reconstruye con suave consuelo: más no es el mismo, toma nueva forma. Adquiere la virtud de la sabiduría, de la experiencia, se viste de fantasías y sueños, nos mece mientras nos abre los ojos a nuevas maravillas, a sitios del corazón que no soñábamos, nos da un par de alas y nos encomienda a los astros, en nuestra fugaz travesía de transformación.

El resurgir del hombre en "2001: Odisea del Espacio" de Stanley Kubrick.

El resurgir del hombre en “2001: Odisea del Espacio” de Stanley Kubrick.

Sobre la libertad.

Enfrentar al vacío, dar un paso en blanco, temblar, transpirar, suspirar y saltar. La libertad es una de las fuerzas mas extraordinarias del hombre, su último propósito. Madurar correctamente es buscar la libertad. Encontrar la libertad es perseguir un sueño, es buscarse en la multitud, en los espacios más estrechos del mundo, en los mares más profundos y en las montañas más altas.

Volar para vivir, para mi no hay otra vida que esa. Volar para buscar la libertad, para encontrarla, añorarla y añorar el nuevo vuelo, el riesgo. La alegría del éxito y la recompensa de la falla son la misma sensación cuando se tiene un objetivo, cuando se adquiere disciplina, cuando se trabaja en lo que se ama y para progresar.

La libertad es la fuerza, es el inicio, el germen de toda explotación y materialización. Convertirse en sueños y esperanzas, transformarse mediante esfuerzo, en aquello que añoras; la libertad es anhelo.

Fuego, ira, energía que explota en el interior y estruendos. La libertad se libera en el alma de un joven e irradia su camino, elimina cualquier duda, salvaguarda su alegría.

Encontrarse y explorarse, explotarse y producirse, realizarse, materializarse. La libertad es transformar las sombras en luz, usar los miedos e incertidumbres en combustible, preguntarse cómo es posible evolucionar, cuál es la fuerza inmanente al hombre que lo hace resurgir de las ruinas, consagrarse al cielo, estallar.

Por esto anhelo la libertad, la busco, la escribo, admiro a aquellos que la encuentran, que disfrutan del enorme tesoro que es la fuerza interior. El joven ambiciona las cumbres, el oro, resurgir de las cenizas, transformarse en arte, belleza, acción y reacción, cambio, innovación. Explotar, y con cada explosión, encontrarse en ese abrazo tan íntimo con la libertad, esa es la representación última del alma.

mafalda-cambiarmundo

Abismo.

Mi vieja es profesora de secundario. Hace unos meses, uno de sus estudiantes (de 15 años) murió en un accidente, por estar manejando un cuatriciclo con un amigo en una playa. Mi vieja escribió esto para él y para todos:

Me pregunto en que momento dejamos de sentirnos responsables. En que momento dejamos de ver que nuestras acciones impactan en el otro. En que momento dejó de importarnos. Cuando empezamos a creer que el que está al alcance de nuestros gestos, de nuestras palabras, de nuestras miradas, no existe, es un holograma ineficaz, una molestia virtual, una irrealidad criticable y juzgable pero nunca vulnerable. En que oscuro momento nos volvimos inimputables. En que mórbido instante por alteraciones en la percepción de la realidad o, lo que es aun peor, autoconvencimiento suicida, perdimos contacto con nuestro costado mas humano.

No lo se, pero hoy, esta vez,  en un abismo oscuro, absurdo e inexplicable, la verdad se vistió de dolor, se hizo visible, ferozmente real y adoptó un nombre, un rostro, un recuerdo, un final.

Y nos guste o no, somos todos responsables. No se pasa por la vida de alguien en puntas de pie, no. Eso no es humano. Humano es dejar huellas, marcas, cicatrices. Humano es cambiar y ser cambiado por la contundencia del otro. Humano es el dolor, la lucha y la esperanza, la oportunidad, el sueño y la palabra.

Somos todos responsables, aunque nos duela, de cada muerto por la indiferencia, el abandono y la ausencia. No descarrilamos trenes, no incendiamos discos, no volamos edificios, ni empujamos al abismo un cuatriciclo, pero no hemos entendido aun el significado profundo de estar vivo, y la responsabilidad que implica amar la vida, la nuestra, la de ellos, la de todos. Son los muertos de nuestra inconciencia colectiva e individual los que se han ido, los que deberían aun estar entre nosotros, casi siempre jóvenes… nuestros.

Llamen a esto remordimiento, culpa, sensibilidad. Personalmente prefiero llamarlo responsabilidad, la que me cabe, la que asumo plenamente. Luchar por esto, luchar por asumirlo, luchar contra la indiferencia y la ausencia:  un compromiso. Y mientras tanto, espero que puedan perdonarnos, los muertos de nuestra inconsistencia.

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Nunca hay que dejar de pensar, siempre hay que evitar el abismo.

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