Ray Bradbury y los Fantasmas más temidos

El texto que elegí esta semana es el breve cuento Llamada Nocturna, publicado por primera vez en 1969 dentro de la obra I Sing The Body Electric! (traducido al castellano como Fantasmas de lo Nuevo), del escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012).

Algunos de los temas o ejes principales tratados en esta obra son la soledad y los efectos que ésta puede producir en el hombre; la dualidad olvido – memoria; y la inmortalidad. También es fundamental la intervención de las máquinas, que, de satisfacer las necesidades, ocurrencias y caprichos humanos, se transforman, en un giro inesperado, en su peor pesadilla.

El protagonista de esta historia debe afrontar una vida condenada a la soledad. La supervivencia, como él mismo confiesa, no es un problema (tiene a su disposición provisiones de sobra). Sin embargo, las preocupaciones que lo afectarán en mayor medida son las de encontrar la manera de ocupar el tiempo y el no perder las esperanzas de ser rescatado por alguna nave.

En esencia, el autor trata un asunto –el asunto– fundamental en la vida de todo hombre: el de encontrar un sentido o razón de ser, que lo aleje de una existencia absolutamente errática. Por otro lado, el intento de no perder la “humanidad”, ni caer en la desesperación o locura, es otro de los temas que  se desprenden de la desdichada situación del personaje.

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Metiéndonos de lleno en la historia, debemos señalar que el autor de Farenheit 451 nos sitúa en esta oportunidad en el planeta Marte, en el año 2097. En dicho escenario se narran los últimos días de vida de Emil Barton, un hombre de ochenta años que ha vivido durante los últimos sesenta abandonado en el Planeta Rojo, completamente solo. El motivo de su aislamiento es el siguiente: el resto de los terrícolas que vivían en las colonias marcianas debió regresar a la Tierra, donde en ese entonces tenía lugar la llamada “guerra nuclear”. Bajo circunstancias que no se especifican, el protagonista de esta historia fue olvidado.

El mencionado personaje, a lo largo del cuento, mantiene una conversación telefónica consigo mismo, sesenta años más joven. ¿Cómo es esto posible? Para entender un poco de qué se trata este diálogo aparentemente imposible, es necesario que nos remontemos en el pasado, al momento en que Barton fue abandonado por sus compañeros.

-Se me ocurrió una idea. Registré mi voz mil veces en una cinta. Transmitida desde la ciudad, suena como mil personas. Un ruido reconfortante, el ruido de una multitud. Lo grabé de manera que se oyen portazos, los niños cantan, los gramófonos suenan, todo mediante un sistema de relojería. Si no miro por la ventana, si me limito a escuchar, está muy bien. Pero si miro, la ilusión se desvanece. Me parece que me estoy quedando solo.

Sin embargo, su primer y mayor invención, la que vuelve a la vida a su juventud, fue la siguiente: programar un “cerebro parlante”, al que le daría su propia voz (grabando miles de palabras), para que lo llame por teléfono dentro de sesenta años. Si aún se encontrara vivo y en el Planeta Rojo, se crearía la ilusión de una conversación con su pasado (digo ilusión, porque en realidad el interlocutor es un robot, con la personalidad del joven Barton).

El mencionado artefacto funciona más o menos de la siguiente manera: se graban miles de palabras, las cuales son luego seleccionadas y pronunciadas por el cerebro. Está diseñado de tal manera que es capaz de entender cualquier pregunta u oración, y en base a los miles de términos de que dispone, responder y mantener una conversación. “Estas cintas escondidas sólo reaccionan a cierto número de estímulos tuyos”.

No obstante, a medida que pasaron los años, el creador se hartó de su obra, que no era más que un auto engaño (desde la perspectiva del Barton viejo, una “locura”; desde la del joven, “autoprotección”): destruyó uno por uno los robots, y desactivó todos los olores y ruidos urbanos. Tal vez por olvido, tal vez por no saber cómo detenerla, la única creación que siguió con vida fue la del cerebro parlante y la futura conversación.

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Volviendo al presente, al tiempo en que se narra esta historia (año 2097), debemos explicar brevemente la relación entre creador y creado. Al principio, cuando recibe la primera llamada, el viejo no reconoce su propia voz al teléfono; poco a poco, y con ayuda del cerebro, logra reunir todas las piezas de su pasado (o casi todas).

La relación entre ambos personajes –sí, el cerebro parlante debe ser considerado como tal– no tarda en volverse conflictiva: el viejo se cansa de las constantes llamadas de aquella voz (“No vivo más que cuando hablo. Así que tengo que hablar”), y, desesperado, le “declara la guerra”.

-¡Basta!- gritó el viejo. Sintió los accesos familiares de dolor. Lo invadió la náusea y la oscuridad. –Ah, Dios, eras despiadado. ¡Vete!

-¿Eras, viejo? Yo soy. Mientras las cintas se deslicen, mientras los rollos y los ocultos ojos electrónicos lean, elijan y traduzcan palabras para ti, seré joven y cruel. Seguiré siendo joven y cruel mucho después que hayas muerto. Adiós.

Luego de la conversación, cada uno prepara sus armas con el fin de destruir a su adversario. El viejo, por un lado, buscará el lugar en donde ha instalado el cerebro mecánico, con el fin de desactivarlo; la máquina, a su vez, jugará con una estrategia más lenta, efectiva y cruel: pretenderá agotar a su creador, hasta hacerlo perder sus estribos, aprovechando su avanzada edad y sus problemas de salud. Desde este momento, hasta el final de la obra, sólo quedará un vencedor.

Uno de los recursos que el autor utiliza es el de confundir los tiempos y personalidades; de manera que, por momentos, el lector pierde la noción del tiempo; o bien no sabe con seguridad quién es realmente cada personaje. Que la perspectiva que el lector tiene sea la del viejo (salvo en los párrafos finales) tampoco es casualidad.

El final de la obra es, por otro lado, magnífico: no se sabe si el protagonista ha dotado de ciertas facultades a la máquina que, ya de viejo, no recuerda; o, por otro lado, el cerebro ha evolucionado y ya no depende completamente de lo establecido por su creador (la falsa llamada del Capitán Rockwell, entre otros indicios, deja abierta esta posibilidad).

Por momentos, me vinieron a la mente imágenes de La Invención de Morel, novela del argentino Adolfo Bioy Casares, donde están presentes tanto las temáticas de la soledad y la inmortalidad, como la intervención de las máquinas. Ambas obras comparten, también, un final abierto.

A modo de cierre, podemos sostener que Llamada Nocturna es una de las obras más interesantes de esta colección, tanto por la historia que en ella se narra, como por las temáticas y el tratamiento que de éstas se hacen.

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Superficie de Marte, escenario de Llamada Nocturna.

Análisis de los viernes: Oblivion (2013) – El sci-fi visual por excelencia

En el año 2073, la tierra se encuentra destruida e inutilizada por una guerra nuclear ocurrida 60 años en el pasado, que confrontó a los humanos con una raza alienígena carroñera. Los humanos se han mudado a una de las lunas de Saturno, dejando a un pequeño grupo en la tierra para defender los recursos terrestres, necesarios para el desarrollo de la vida humana fuera del planeta. Jack Harper, uno de estos soldados, luego de un incidente que interrumpe su trabajo, comienza a cuestionarse la verdadera naturaleza de su vida, y de la verdad.

(El mejor trailer que pude conseguir)

El “heredero” de Tron, se encarga de dirigir esta cinta de ciencia-ficción. Joseph Kosinski, el que se dedicaba a dirigir comerciales para Halo, que fue elegido para hacerse cargo de la incierta secuela de Tron, lleva adelante la adaptación de un comic inexistente (A los que le interesa saber más sobre la historia del comic inexistente haga click acá).

Si hay algo que debemos admitirle al director es su maravillosa habilidad para poner en escena. Uno de las características que más mantienen a esta película de decaer absolutamente es la fotografía. Kosinski utiliza las imágenes para sumergirnos en un universo fantástico, de ciencia ficción no solo creíble, sino asombroso, realista y dinámico, en cuanto vemos estéticas naturalistas, tecnológicas, bélicas, y una de las más fabulosas tierras post-apocalíptica que he visto.

Habiendo pasado eso, podemos apreciar que Joseph Kosinski no es un narrador. (spoilers) Pretende manejar una trama doble, una historia que se dobla sobre sí misma al mejor estilo Matrix. Trata, como puede, de plantear ambas historias por separado, de hacerlas encontrarse en un choque energético, y que la segunda triunfe (la verdad) sobre la primera (la mentira). Este tipo de tramas es muy usual en filmes de ciencia ficción, y el ejemplo paradigmático es el antes mencionado filme de Andy y Lara Wachowski (fin de spoilers).

El principal problema que existe en la narrativa de Oblivion es la utilización de los tiempos: si dividimos en tres partes la película, vemos que la primera hora es utilizada para plantear una historia que luego será desmentida por una segunda historia, cuyo planteo se hará en quince minutos, dejando solo media hora para la resolución del conflicto. Entre todo, el planteamiento de la segunda historia es vago y deja con ganas de más, y el final es despelotado y apresurado, por lo tanto, mal logrado.

Uno de los tantos paisajes deslumbrantes de Oblivion

Uno de los tantos paisajes deslumbrantes de Oblivion

Sin duda esta no es tarea fácil, y Kosinski se maneja como puede. Si bien existe un problema central relacionado al manejo de la narración, y que de alguna manera molesta , su influencia no es grande, ya que permite, no solo que la película sea de un disfrute total, sino que la historia sea comprendida naturalmente. Además, estas faltas en la narrativa están ampliamente equilibradas por el interés visual que genera la cinta.

Tenemos un director que es un profesional para hacer real un mundo imaginario (a mi parecer, más astuto y sabio que el Michael Bay), pero que no logra contar una historia con el mismo orden o contundencia con la que lo harían los Wachowski en 1999. Tenemos un grupo de escritores que, salvo alguna línea, no generan un diálogo atractivo. Tenemos un Tom Cruise frágil, que por momentos fastidia por su constante monotonía, y que cancela cualquier oportunidad de profundización psicológica o de conexión hacia su personaje. Tenemos un filme cuya fotografía funciona como un escudo ante todo esto, que le permite, por sí sola, permanecer en un margen “atractivo”, no caer en lo banal, en lo trillado, para no ser oscurecida por su protagonista (hubiera querido que Morgan Freeman interprete todo el filme) ni por la inconsistencia en su narrativa.

Oblivion es un engaño, una película no tan bien narrada, pero tampoco tan mal, un protagonista de piedra, pero también es un festín de imágenes: la realización de la imaginación de muchos, una tierra devastada pero orgullosa en su belleza. Con un mejor equipo de escritores, con un protagonista más simpático, Oblivion sería mucho más que un 7/10, un filme que pelea a cada instante contra sus defectos, sostenida por una narrativa gastada pero efectiva, y un desarrollo visual de puta madre.

7 estrellas

Análisis de los viernes: En Trance – Danny Boyle

Antes de hablar de la película protagonizada por James McAvoy, hagamos un breve repaso sobre el estilo de su director: Danny Boyle. Este director, nacido en Inglaterra, ha creado películas significativas, y que han avanzado con un género de cine algo confuso y difícil de manejar. Partiendo de novelas como Trainspotting, de Irvine Welsh, o Q & A, de Vikas Swarup (la novela en la que se basa Slumdog Millionaire), Boyle ha intentado generar películas que se caracterizan principalmente por su ritmo narrativo.

En un principio, el inglés es un buen narrador. Se arriesga al plantear ritmos de narración ágiles, lo cual exige una gran habilidad para no confundir al espectador. Todo director debe encontrar un balance entre una narración lenta (donde ocurre algo importante cada media hora), y una narración apresurada (donde cada segundo de la película es esencial para entender su trama). Boyle oscila más la segunda opción, lo cual hace que sus películas sean difíciles de dirigir.

Sin embargo, en filmes como los antes mencionado, ha realizado un buen trabajo, manteniendo el interés, no confundiendo al espectador, y por supuesto, haciendo gala de su gran estilo visual (su habilidad más interesante), y generando escenas muy memorables, como esta:

Volviendo al filme en cuestión, Simon, un subastador de arte se asocia a un grupo de ladrones para robar el Vuelo de Brujas, de Goya. El robo sale mal cuando Simon traiciona a su equipo y esconde la pintura. Luego de un fuerte golpe en la cabeza, nuestro protagonista sufre amnesia y olvida donde ha escondido la obra. El grupo de criminales, encabezados por Franck, contratarán a Elizabeth, una psicoanalista, para que los ayude a entrar en la mente de Simon.
Nos encontramos con un trama, en apariencia, simple. Sin embargo, aquí la narrativa se vuelve un obstáculo que el director no logra superar totalmente. Lo que es, en potencia, un juego muy rico entre lo real y lo irreal y un estudio sobre la psicosis, pierde un poco de su encanto cuando el director se extravía en su laberinto ilusorio.  Desde el comienzo, Boyle avanza con lentitud acomplejando la trama, al mejor estilo Memento, pero sin tomarse el tiempo para organizarla, y sin tener la cautela de simplificarla para lograr explicarla con claridad. Sin duda es un filme con una trama rebuscada y difícil de seguir.

Simon, un James McAvoy brillante.

Simon, un James McAvoy brillante.

Sin embargo, el hecho de que la historia sea de esta naturaleza no suprime totalmente la posibilidad de disfrutarla, la cual sale a flote por dos motivos. En primer lugar, la habilidad para crear imágenes del director: la película es un torbellino de imágenes que despiertan los sentidos, un deleite de colores y texturas. Por otro, y esta es una opinión más personal, por la actuación de McAvoy, la cual es, sin dudas, excelente. Su capacidad teatral lo hace distinguirse del resto del elenco (que se puede resumir en una Rosario Dawson inexpresiva y un Vincent Cassel rígido).

En resumen, en Trance encontramos un proyecto algo pretencioso (todos los de Boyle lo son), con una trama complicada y la cual el director no puede mantener. La fotografía del filme es sin duda maravillosa, y su protagonista, como siempre, deslumbrante. En trance se merece un 6/10.

Brasil (1985)

La distopía triunfa en la sociedad industrial moderna en la que vive el desamparado Sam Lowry, un empleado público cuya vida se limita a un trabajo mediocre y restringido. Nuestro pequeño héroe se verá enredado en una serie de acontecimientos que no lo toman por partícipe. En esta comunidad deshumanizada, él solo es un peón que acciona (no reacciona), que sigue un papel predeterminado y necesario para el funcionamiento de la maquinaria burocrática que es esta ciudad llena de tubos.

En esta instancia, el argumento se presenta como una excusa, un medio utilizado por Gilliam para plasmar una estética y una mirada determinada de la sociedad. Exagerada en muchos casos, a veces, hasta el punto de generar una sensación de surrealismo o falta de realidad, que complementa una primera estética futurista. La sociedad es maquina y movimiento: los tubos que conectan las partes y el desorden de una arquitectura pensada para la vida funcional. Los planos varían pero mantienen una constante: oscuridad, un tono grisáceo y falto de color (esta sensación se perdería al ver la película en blanco y negro), un vapor constante que proviene de las máquinas, el cual crea una atmósfera cargada, y por momentos, aparatos que producen escalofríos, máquinas de tortura, escombros, suciedad y cadenas.  Gilliam recoge los rastros de estos elementos artísticos para crear su metrópolis, en la que se funda la decadencia de lo práctico, y se encuentran los delirios de Lowry.

Sam Lowry

Un correcto Jonathan Price da vida a este personaje, que representa, entre otras cosas, la imagen de un hombre que ha sido configurado por su entorno, y que encuentra, en su amada, la primera ventana a la realidad. Desde este enamoramiento, Lowry no vuelve a ser el mismo, en cuanto comienza a observar a su sociedad con otros ojos. En su desesperación por encontrar aquello que es puro, comienza a desentonar de forma torpe y brusca con aquella ciudad que había decidido su vida, conducta, pensamientos y destino.

El director encuentra en su protagonista el elemento de contraste que nos permite apreciar el principal elemento que mueve la forma de evolucionar de este sociedad: la deshumanización. El ritmo como privilegio máximo, lo útil como objetivo último. Esta filosofía lleva a los hombres a generar un estilo de vida impersonal, que elimina la posibilidad de desarrollo interior, de apreciación por la belleza, de creatividad. Sam es, dentro de este aparato, una tuerca que se ha salido de su lugar y rebota aleatoriamente en un reloj que no funciona. La desigualdad social, el absolutismo y el terrorismo de estado son también, elementos que Gilliam cree convenientes en su distopía.

El encargado de llevar a cabo esta filmografía es Roger Pratt, quien también se ha encargado de proyectos como 12 monos, la olvidable Batman de Tim Burton, y dos películas de la saga de Harry Potter. Lo acompaña Michael Kamen, quien compuso la música para esta película, y a quien encontramos en otros filmes como Duro de Matar o Arma Mortal. El trabajo de Pratt llevó a la película a tener una nominación al Oscar por mejor dirección artística.

(Spoilers) Toda esta estética de decadencia, un argumento plasmado en una sociedad oscura y tenebrosa, no puede concluir de otra forma. Con genialidad en este caso, Gilliam realiza lo necesario para que el final de este filme sea el indicado: lo disfraza, ya que lo hace impredecible, pero lo realiza de tal forma que, una vez contemplado, no queda otra que considerar que este desenlace era el único posible desde el principio. La escena más sombría y escalofriante de la película nos presenta al propio Sam, aprisionado a una silla de tortura, en el más amplio abismo donde reina la tiranía y el desinterés, liquidado tras su batalla con el Gran Samurai, absorto en una canción, la cual tararea en un arrebato de locura:

Nos encontramos, en resumen, ante una tragicomedia, un drama y una película de ciencia ficción que nos presenta una sociedad distópica, que se caracteriza por una industrialización que lleva a la deshumanización, un gobierno autoritario, desigualdad social, pobreza y terrorismo de estado, y dentro de él, un protagonista que encarna a todas las víctimas de este monstruo. Una obra completa, con una estética definida, un argumento simple, claro, y complementado, y una fuerte visión de lo tenebroso, lo oscuro, y del inconciente humano que se muestra en pequeñas explosiones,  limitado y restringido por este gigante reloj. Brazil es un 8/10 indudablemente.

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