La filosofía del Perro

Diógenes de Sinope, también llamado “el cínico” o “el perro” fue un popular y extravagante filósofo de la antigüedad griega. Nació a fines del siglo V antes de Cristo y vivió unos noventa años. La única fuente que se tiene acerca de su vida es la de Diógenes Laercio, erudito del siglo III  d. C. que reunió en su conocida obra Vidas y opiniones de los filósofos ilustres una numerosa cantidad de historias y anécdotas sobre distintos personajes. Más allá de la veracidad (muy cuestionada) de lo narrado por el historiador, lo importante aquí es el concebir a Diógenes como un personaje, que piensa y vive de determinada manera, y reacciona ante cierto orden; independientemente de si las anécdotas son ficticias o históricas. A propósito de esto, Carlos García Gual (traductor de la obra de Diógenes Laercio) sostiene en su La secta del perro:

Nunca la anécdota cobró tanto sentido, y nunca un pensamiento se expresó tan claramente mediante las anécdotas; son como petardos que el terrorismo intelectual del cínico coloca al pie de los monumentales sistemas ideológicos, quiebros ágiles contra la seriedad fantasmal de la opinión dominante, muecas un tanto de payaso, oportunas e inteligentes para desenmascarar esa aparatosa seriedad de las ideas solemnes y las convenciones cívicas.

Fue contemporáneo, entre otros, de Platón (quien lo llama un “Sócrates enloquecido”), Aristóteles y Alejandro Magno. A su vez, se señala a Antístenes –quien, por su parte, tuvo contacto con la filosofía de Sócrates y Gorgias– como su maestro o referente.

Siguiendo a García Gual, es preciso indicar que las polis griegas descansaban sobre dos pilares: el pudor (o decencia) y la justicia. Si todos los ciudadanos participaban de esos valores, y guiaban su conducta en base a ellos, la convivencia cívica era posible. Platón mismo sostenía justamente que la sociedad y sus convenciones descansaban sobre las mencionadas virtudes.

El pensamiento de Diógenes es sumamente crítico y extremista. Lo que el cínico cuestionaba era principalmente la civilización, y los valores o normas convencionales vigentes en su época. Consideraba que, a causa de éstas, el hombre es corrompido: el trabajo y la hipocresía lo esclavizan, la rutina lo aliena, la vida en sociedad lo debilita y los avances culturales o preocupaciones cívicas (los bienes, por ejemplo) lo vuelven dependiente.

Por lo tanto, la actitud y forma de vida que llevaba estaba muy alejada a la habitual: no tenía casa, por lo que vivía deambulando, como un vagabundo; comía con las manos y torpemente lo que encontraba o le daban (D. Laercio dice que murió al comerse un pulpo vivo); se revolcaba en el piso, y se masturbaba en público; andaba semidesnudo. Con respecto al resto de las personas, solía dirigirse de forma agresiva, provocadora o burlona a quienes consideraba hipócritas; no respetaba ni consideraba superior a nadie; y no participaba de la vida comunitaria. Como vemos, su vida representaba la antítesis de lo que un griego podría llamar buen gusto, pudor o decencia.

Si uno se detiene por un momento y se queda sólo con la primera descripción, la acorde a su pensamiento y concepción del hombre, podría juzgar de anarquista, rebelde o subversivo al personaje en cuestión. Si, en cambio, elige exclusivamente la segunda, es decir la que refiere a su conducta, hablaría lisa y llanamente de un loco o degenerado.

Pero al sumar las dos obtenemos un resultado nuevo, y un personaje completo. No sólo es alguien que critica, sino que vive de manera coherente con su pensamiento; y no sólo vive como perro, sino que tiene una fundamentación para tal conducta. Podemos estar o no de acuerdo con su filosofía, o podemos pensar que, más allá de cualquier justificación, su forma de vida sigue siendo inaceptable; pero lo que es innegable es su valentía y autenticidad.


diogenes

Según la anécdota, Alejandro habría ofrecido a Diógenes que le pidiera cualquier cosa que quisiera, a lo que el cínico habría respondido, indiferente, “no me hagas sombra”.


Ahora bien, ¿qué es lo que busca con todo esto?, o ¿qué propone en reemplazo de lo que cuestiona? Su objetivo es lograr una revalorización de los hábitos y normas, que conduzcan al hombre a la libertad. Para ello, es necesario un duro entrenamiento, un sometimiento que tenga como fin fortalecer la voluntad y la sobriedad. Evitar los lujos o comodidades, vivir alejado de la civilización y acercarse lo más posible al lado animal del hombre, constituyen un buen método para lo que en esencia es una vida ascética.

Dicha ascesis se logra, como vemos, mediante la razón, ya que el instinto no rige la conducta de los hombres (a diferencia de los animales, a los cuales tiene, en cierta medida, como modelos a seguir). Vale aclarar que esta forma de vida no equivale a la posterior ascesis cristiana; la diferencia entre ambas reside en que esta última evita los lujos por pecaminosos, mientras que la cínica lo hace por dañinos e innecesarios.

¿Es conveniente esta forma de vida? Diógenes destaca que las ventajas de su particular existencia consisten en una mejor capacidad de adaptación o superación de situaciones inesperadas e incómodas; y la facultad de vivir de forma independiente del resto.

Insistimos, finalmente, en que sólo nos interesa tomar a Diógenes como un personaje, ya sea ficticio o real, inserto en un contexto socio-histórico determinado; para centrarnos en sus excentricidades, sus planteos, las anécdotas más curiosas, su modo de vida, y, en definitiva, su filosofía.

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