Me inscribo en esta puta falta. Idiota e insalubre innata sensación de vacío. Falta que ya no es falta. Agujero sin restos, suplente sin titular, estupidez humana, insoportable cosquilleo que pica y pica y pica y pica.

Horrenda sensación de que falta lo que falta ¿Qué falta? nada y todo falta.

 

Divinos los momentos donde me rompen el aislamiento a cachetadas. Hermosos instantes donde el contacto del otro y de lo otro despeja esa estúpida tormenta que ya es costumbre. Soñados esos segundos de descanso de ese eterno infierno que pintó Dante. Agradecidos los besos y abrazos de ese amor que, ante todo, consuela.

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¿Quién soy?

¿Quién soy yo?
¿Quién soy yo para acostumbrar y despues sacar?
Quién para alegrar y quién para entristecer.
Quién para darle vida a la única flor del campo y quién para abandonarla después.
Quién para sembrar y quién para olvidar.
Quién soy para ejercer, motivar, tocar, trascender, convivir, oscurecer, esclarecer, sanar o enfermar.
Quién soy para romper una linealidad, para violar una tranquilidad, para saquear ese tesoro tan preciado que es la paz.
Quién soy para decidir y gobernar
Quién para otorgar y quién para quitar.
¿Quién soy yo para cambiar el curso de los astros?
Qué poder se violenta dentro de mi, en intensas explosiones, danzando en un ciclo de vida inocente y dañino, fulgor de eternidades.

Mi alma se revuelca entumecida por esta maldición, la misma que ataca a todos y la misma que todos soñamos tener.

Ojala el cielo me perdone.

No soy nadie.

Tempestad y crecimiento.

El vivir es, muchas veces, existir en un estado de paz con el universo. El tiempo de conservación y linealidad se ve interrumpido por fugaces estruendos. Terremotos destruyen el mundo, y nosotros parados tratando de no caernos, esperando que el mundo resista y se reconstruya.

Aterrados por una realidad endeble, paralizados ante la duda de la ilusión existencial. Nuestra conciencia busca desesperadamente lo concreto, un suelo firme para pisar, una existencia fija para abrazar, y los cambios destruyen al mundo, ramifican en el hileras de un abismo que se propaga.

Los truenos anuncian la lluvia. Explosiones de energía queman el suelo. Un Dios humano parece castigar la inconsistencia del hombre. Pero no, los rayos traen lluvia. La lluvia ingresa a la tierra como agente purificador, sana las heridas, estabiliza la tierra y la realidad vuelve a su tranquilidad. Pero no es la misma: ha cambiado, y con ella, nosotros.

El destino es el perpetrador, el que define el movimiento de las galaxias, invisibles gigantes que cubren el infinito, dioses de antaño y ahora titanes, entes perfectos y gloriosos. La melodía estelar es cantada por ellos: el tiempo debe suceder. Solo Dante en su delirio imaginó un universo simultáneo, independiente a influencia del destino, a la sucesión de los tiempos.

Pues con esta sucesión el universo cambia, se destruye en terribles tempestades, se reconstruye con suave consuelo: más no es el mismo, toma nueva forma. Adquiere la virtud de la sabiduría, de la experiencia, se viste de fantasías y sueños, nos mece mientras nos abre los ojos a nuevas maravillas, a sitios del corazón que no soñábamos, nos da un par de alas y nos encomienda a los astros, en nuestra fugaz travesía de transformación.

El resurgir del hombre en "2001: Odisea del Espacio" de Stanley Kubrick.

El resurgir del hombre en “2001: Odisea del Espacio” de Stanley Kubrick.

Sobre la libertad.

Enfrentar al vacío, dar un paso en blanco, temblar, transpirar, suspirar y saltar. La libertad es una de las fuerzas mas extraordinarias del hombre, su último propósito. Madurar correctamente es buscar la libertad. Encontrar la libertad es perseguir un sueño, es buscarse en la multitud, en los espacios más estrechos del mundo, en los mares más profundos y en las montañas más altas.

Volar para vivir, para mi no hay otra vida que esa. Volar para buscar la libertad, para encontrarla, añorarla y añorar el nuevo vuelo, el riesgo. La alegría del éxito y la recompensa de la falla son la misma sensación cuando se tiene un objetivo, cuando se adquiere disciplina, cuando se trabaja en lo que se ama y para progresar.

La libertad es la fuerza, es el inicio, el germen de toda explotación y materialización. Convertirse en sueños y esperanzas, transformarse mediante esfuerzo, en aquello que añoras; la libertad es anhelo.

Fuego, ira, energía que explota en el interior y estruendos. La libertad se libera en el alma de un joven e irradia su camino, elimina cualquier duda, salvaguarda su alegría.

Encontrarse y explorarse, explotarse y producirse, realizarse, materializarse. La libertad es transformar las sombras en luz, usar los miedos e incertidumbres en combustible, preguntarse cómo es posible evolucionar, cuál es la fuerza inmanente al hombre que lo hace resurgir de las ruinas, consagrarse al cielo, estallar.

Por esto anhelo la libertad, la busco, la escribo, admiro a aquellos que la encuentran, que disfrutan del enorme tesoro que es la fuerza interior. El joven ambiciona las cumbres, el oro, resurgir de las cenizas, transformarse en arte, belleza, acción y reacción, cambio, innovación. Explotar, y con cada explosión, encontrarse en ese abrazo tan íntimo con la libertad, esa es la representación última del alma.

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Y nosotros asombramos y reímos

Raúl y su escritura, siempre igual. Él cruza el living velozmente, fugitivo de leves temores que envenenan su mente y parodian su suerte. Los padres, ambos, lo miran con desprecio y vacilación, resignados ante las nefastas costumbres de su hijo.

Ya en su pieza y con comodidad, Raúl nos observa, boquiabierto y esperanzado, con la ilusión de ser, algún día, inmortal. Pobre, con su inmadurez y su amor hormonal. Contempla el universo desde su inutilidad, y las mismas galaxias, notando su admiración, y con la indiferencia que es derecho de toda galaxia, bailan desnudas ante él, privándole su verdad.

Y el pobre Raúl, que yace en ese universo, indefenso pero curioso, se tambalea entre nociones y conceptos, intentando definir al mundo en una palabra, intentando volverse loco de tanto adorar a deidades que no están a su alcance. Aunque tiende a la demencia, no cesa en observarnos, preguntarse y responderse, con sus ideas vagas, su falta de resultado, su irreversible humanidad.

Raúl, como tantos otros, que lee a Kafka, que escucha a Led Zeppelin, que mira al cielo y se pregunta, solo busca la eternidad, ignorando de forma conciente, que la falta de ésta, es el principio de su existencia.

Nuestro protagonista se detiene bruscamente. Su continua interrogación es vencida por la certeza de que no hay certezas. Raúl se hunde en una depresión distinta a la anterior, vive su vida ahora, humanamente nos ignora, cambia los papeles. Estamos fascinados. ¿Cómo puede un punto minúsculo provocar tal capricho a las galaxias? Su audacia nos ofende y nos lleva a esforzarnos.

Ahora caímos bajo, y buscamos de nuevo la admiración de Raúl. Lo maravillamos con secretos, pues esa es la clave: la pregunta es, a la falta de respuesta, como una prótesis a una pierna faltante. Volvemos a adueñarnos de la razón de este chico. Vuelve a definir conceptos, ampliarlos, romperlos, imaginarlos, darles vida, y aún así, continúa sin llegar a su respuesta. Prolonga su eterna búsqueda, aquella que le da razones, que le da voluntad y que lo mantiene bajo nuestro velo de enigmas eternos.

 

Caminata por Independencia

Como todos, este día empezó con un sol inocente y expectante. Como la vida, cada día comienza con positivismo y expectativa.

Y como todos los días, comencé éste caminando. Agarré, inconsciente, la avenida Independencia, y caminé por aquellos recuerdos, plasmados en calles, negocios, e imágenes que aquellos símbolos me traían, como regalos.

El día, como en un súbito acto de realidad, cambió su temperamento. La calma fue reemplazada, y en su lugar, aparecieron nubes de dudas, rayos de enojo, y una lluvia de tristeza profunda.

Parecía entonces que el día me transmitía dichas emociones, plasmadas en aquello que no eran más que fenómenos con una estructura lógica. Sin embargo, en ese día -y todos los días- el clima era algo mágico.

Aprendí, caminando, que si bien el sol se oculta con desdén, siempre vuelve, avergonzado y buscando perdón. Si uno está dispuesto a dárselo, el mismo puede iluminarte como nunca antes.

Aprendí, caminando, que la lluvia es molesta. Nos atrapa, nos retiene, y nos dificulta nuestro caminar. También, que en un piso mojado pueden ocurrir accidentes, y que estos son, la mayoría de las veces, disculpables. Sin embargo, toda lluvia trae su gota de vida. Si bien atrapa, retiene y dificulta, otorga un brillo único a todo. El mismo asfalto es un ejemplo de ello, y  reluce limpio luego de la ducha.

Aprendí, caminando, que un día es eso, un día, y que las emociones son como el clima: van y vienen. Sin embargo, la vida no se mide en días, ni en climas, en soles o nubes. No se en que se mide, y tampoco creo que lo sepa la avenida Independencia con sus recuerdos, pero tampoco se trata de querer averiguarlo, solo de caminar a pesar del clima: quemarse con el sol -siempre usando protector- y cubrirse de la lluvia, pero no tanto, que ademas de molesta, es maestra.

Sobre lo continuo, abstracto y exacto.

No se porque escribo esto. Tal vez sea porque llueve.

Era una tarde normal. Tan normal como puede ser una tarde vivida. Pasada no, vivida, realmente vivida.

Como siempre, el inicio es algo difuso. Un grupo de hombres pelean. La imagen está difuminada, y se oye una voz que relata: I don’t wanna be a product of my enviroment.

El espectador comienza a perderse, y al perderse, empieza a prestar mayor atención, a mirarnos con más interés.

Nuestro esmero nunca varía. Es siempre el mismo. Es tan parecido, que pareciera que nunca lo variamos. Nuestra actuación es un deja vu, perfectamente igual al anterior. La objetividad reina en la obra. Así está dicho, ninguna escena debe variar. Los gestos, los papeles y las situaciones tienen que mantener un riguroso orden y control.

Algunos nos concideran máquinas, programas, o personas programadas, con acciones definidas, sin pensamiento o voluntad propia, sin la capacidad de discernir, sin la independencia que caracteriza a casi toda mente humana.

No tenemos opinión, existimos para trabajar y trabajamos para existir. No hay metas en nuestra vida. No tenemos sueños, proyectos, no aspiramos a ser libres, no teorizamos, no escribimos ni leemos, no pensamos, actuamos siguiendo esa vía abstracta que siempre estuvo allí.

El espectador en general es un hombre, a veces una pareja. Nuestra gran apertura terminó hace tiempo. Ahora hacemos actuaciones en lugares más pequeños, más hogareños.

Todos tienen la primera oportunidad de triunfar. Luego, con los años, todos son olvidados, guardados en algún recoveco, alguna repisa abandonada y polvorienta. El tiempo no oxida nuestra actuación, a ella siempre respondemos de igual manera.

Esta semana, comenzamos a interpretar frente a un hombre de mediana edad, en un departamento pequeño en Unamuno y Constitución. No mostró un gran interés por la obra, pero nos dejó ser en su sala de estar.

Esto no tiene un final, no lo requiere, nunca lo necesitó. Existimos para entretener, no para pensar. Nuestras acciones son eternas, por lo menos mientras nuestra obra se siga proyectando. Somos pájaros en la noche, que oyen cantar, y nunca ven.

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