El dios sin Dios

Muchas son las posturas o corrientes que giran en torno a la existencia o no de una (o más) divinidad. Podemos agrupar cada una de ellas en diferentes grupos, siguiendo distintos parámetros; o incluso podemos distinguir, dentro de cada una, ciertas variaciones o subgrupos que, si bien comparten una base general, luego siguen caminos alejados entre sí.

De esta manera, podemos mencionar las “posturas” más conocidas: el ateísmo, el agnosticismo, las distintas religiones, el deísmo, etc. Como dijimos, podemos analizar cada uno y ver, desde este o aquel aspecto, ciertas similitudes. Sin embargo, hay una concepción o forma de ver el mundo que, a mi modo de entender, es sumamente particular (y que hasta ahora no he nombrado). ¿Cuál es? El panteísmo.

Hay que reconocer, primero, que el panteísmo no posee demasiados adeptos, si lo comparamos con las otras visiones del mundo (especialmente las religiones) –Albert Einstein fue, posiblemente, el más famoso partidario de esta corriente en el último siglo-. Tal vez este sea el motivo (¿o justamente en el sentido inverso?) de que su doctrina no esté tan difundida, o no se sepa con precisión qué es lo que defiende. Repasemos, entonces, cuál es su significado. La última versión de la R. A. E. ofrece esta única acepción:

Panteísmo: Sistema de quienes creen que la totalidad del universo es el único Dios.

Hay varias cosas para destacar. Primero, es importante entender al panteísmo como un modo de ver el mundo, como un sistema filosófico; pero no como una religión. La religión implica: dogmas, sentimiento de amor y temor hacia el dios, normas para la conducta, y ritos de adoración. Es decir, nada más alejado al panteísmo.

Por otro lado, uno de los elementos que más me llama la atención (y que por otro lado más atrayente la hace) de este sistema es el hecho de que cree en un dios o ser supremo, sin que de ello se derive necesariamente la creencia en divinidades no-físicas, o en un “más allá”. No hace falta creer en nada “especial”, en ningún sujeto misterioso o superior a la realidad; el dios del panteísmo es “evidente”.  Por todo esto, es una postura netamente materialista.

En este sentido, ninguna religión que yo conozca, y ningún tipo de deísmo o teísmo se le parece. El pensar a la totalidad de la materia y la energía como una única cosa, como un único ser, que vive y se manifiesta de y en diferentes maneras (más pequeñas, por supuesto), es completamente distinto a creer en el dios judeocristiano, por ejemplo.

Últimamente había asociado, de manera casi inmediata, a este sistema con una de las cualidades que se le atribuye al dios cristiano: la omnipresencia. Visto de una manera muy general, no parece demasiado raro confundir estos términos. Pero si uno se detiene a compararlos (y no hace falta ser un genio para darse cuenta), la distancia entre uno y otro es considerable.

La omnipresencia es la “presencia a la vez en todas partes”. Siguiendo la tradición cristiana, Dios es omnipresente dentro de la creación (su creación). Está, simultáneamente, presente en cada punto del universo; pero al mismo tiempo no está determinado o limitado a ningún objeto o lugar (porque además es infinito). En el panteísmo nada de esto está presente; no hay ningún creador, porque no hay diferencia entre creador y creación. El universo existe y ése es el máximo ser. Dios no está en todo: dios es todo, y todo es dios. Sobre su origen no se dice concretamente nada (al menos, remitiéndonos a la definición).

Entonces, ¿qué es dios para los panteístas? La totalidad del universo. ¿Cuáles son sus cualidades, sus atribuciones? No está muy claro esto, aunque podría entendérselo como a un ser físico o natural cuyas “partes” u “órganos” son cada grano de materia y energía existente. Lo más llamativo de todo esto reside, entonces, en el creer en un dios sin Dios.

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El Inmortal (Jorge Luis Borges): el límite como dador de sentido

El Inmortal, publicado por primera vez en 1947, sería incluido dos años después en una de las obras de mayor reconocimiento y popularidad del autor: El Aleph. Fiel a su estilo, Borges juega a lo largo de los diecisiete cuentos con la relación realidad-ficción, confundiendo y provocando al lector.

El escritor argentino utiliza en este caso una estructura “enmarcada” para narrar los hechos; es decir que a medida que leemos nos encontramos con diferentes niveles o marcos que delimitan los relatos. Para entender cada uno de ellos, para identificar en cuáles participa cada personaje; y también para comprender como se articulan todos ellos, es decir cuál es la relación entre cada capa, es necesaria una lectura cuidadosa, atenta a los detalles.

El segundo de los niveles presentes en el texto, el más extenso, es narrado por Marco Flaminio Rufo, un tribuno militar romano. Todo lo que este personaje nos relata es en realidad el contenido del manuscrito que él mismo escribió (estrictamente es una traducción al español; el mensaje original estaba en inglés), y uno de los personajes del “primer nivel” encontró posteriormente.

Según las referencias dadas, ubicamos a Rufo entre fines del siglo III y principios del IV. Movido por la curiosidad, el personaje se propone encontrar la Ciudad y el río de los Inmortales, cuya existencia conoce a causa de un viajero.

Con más de doscientos hombres a su mando, Rufo parte de Arsinoe, con dirección al desierto. A lo largo de la expedición, pierde por diversos motivos (muerte, locura, extravío) a todos sus súbditos. Herido por una flecha, agotado y sediento, quedó a merced del recorrido que, azarosamente, hiciera su caballo. “Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo”.

Tras esa serie de eventos desafortunados, despierta maniatado, en un nicho de piedra. Al levantarse, comprende que está muy próximo al ansiado destino. También descubre alrededor suyo la presencia de unos hombres de piel gris, barbudos y desnudos, a quienes juzga de trogloditas.

A partir de este punto, Rufo explorará la ciudad, conocerá a los seres que viven en torno a ella y vivirá por años junto a ellos; hasta que la llegada de un suceso extraordinario desencadene un espectáculo mucho más asombroso y revelador. Aquí, un breve fragmento que ilustra los días de Rufo durante ese período.

“Fracasé y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor y la obstinación fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de mí, era como si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña y ruinosa esfinge de lava, dejaba que sobre él giraran los cielos, desde el crepúsculo del día hasta el de la noche. Juzgué imposible que no se percatara de mi propósito. (…) Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con plenitud poderosa”.

 

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Dos son los temas centrales en la obra: primero, el de la muerte como límite y sentido del hombre; segundo, el concebir el transcurso del tiempo como el resultado de una necesidad u orden supremo, que inclina o tiende todas las cosas hacia un equilibrio universal.

En el texto se sugiere que la muerte, límite insuperable para todos los seres, es en realidad lo que salva a la humanidad. La rescata de caer en la falta de motivaciones, de estímulos y convicciones; la rescata de perder el interés, la voluntad por moverse; y fundamentalmente la salva de caer y perderse en la nada. Porque el saberse humano (=finito) significa ser, y ser de manera determinada (se dice en el cuento que ser indefinidamente, ser todo, equivale a no ser); es decir poseer una identidad.

“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales”.

El énfasis que se hace en el valor de lo precario, lo fugaz, es notable. Nada es eterno para el hombre, parece decir el narrador; lo infinito lo atrae, lo provoca, indudablemente; pero al mismo tiempo lo supera por todas partes. Lo desborda, porque no le es propio. La vida, para que sea humana, necesita de una muerte; o al menos, de una certeza de muerte, porque es lo que la define.

Por otro lado, el otro eje que identificamos en el texto es el de la idea del destino –y todo lo que ello implica– que tiende al equilibrio. Esta manera de concebir la realidad es sumamente antigua; basta con analizar el pensamiento relativo al Estoicismo (nace aproximadamente en el 300 antes de Cristo), por tomar un ejemplo. Lo aquí escrito por Borges se basa en dicha corriente filosófica, que plantea la existencia de un destino armonioso, regido a través de un logos, cuyos elementos se encuentran en profunda interrelación entre sí. La incapacidad humana de comprender el “funcionamiento” del mundo exterior desemboca en la creencia en el azar. Varios elementos de similar naturaleza fueron planteados por algunos de los llamados filósofos presocráticos, como Parménides y Heráclito, siglos antes.

En la obra esta idea se ve reflejada en los mismos Inmortales, quienes creían en un sistema de compensación.

“Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico Poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. (…) Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos… Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy”.

El saberse parte de un todo, no sólo independiente de nuestra voluntad, sino totalmente decisivo en nuestra vida (es decir que nosotros dependemos de él), es una imagen terrible para cualquiera. Concebir al mundo, a la totalidad de las cosas como producto de una fuerza imperturbable, inmutable, desalienta sin duda al más optimista. Cada acto, cada decisión, cada vínculo; pero aún: cada pensamiento, cada sensación, cada anhelo, cada miedo y cada convicción; en definitiva todo lo que nos es propio, lo más íntimo de nuestro ser, no es en realidad más que una mínima expresión de un inmenso cosmos, con vida propia, del que somos parte.

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Homero, supuesto autor de la Odisea

El Jugador (Fiódor Dostoievski): la voluntad entregada a la adicción

El jugador es la onceava novela publicada (en 1866) del célebre autor ruso Fiódor Dostoievski. Se cree que dicha obra fue escrita de manera simultánea a Crimen y Castigo, considerada por muchos críticos y escritores como la obra maestra de este novelista. Se dice también que la trama de El jugador incluye algunos asuntos o situaciones de peso que Dostoievski vivió durante ese tiempo (problemas económicos y adicción al juego) y se ven encarnados especialmente en el protagonista de la obra.

Alexei Ivánovich es un joven ruso que se hospeda en Alemania –en un hotel de la ciudad ficticia de Ruletenburgo– junto a un General (también de origen ruso) retirado y su familia: sus pequeñas hijas (de quien Alexei es preceptor), y Polina (Alexei está perdidamente enamorado de ella), su hijastra. Completan esta “comitiva” otros tres personajes: Mr. Astley, un tímido y amable hombre inglés (amigo de la familia y de Alexei); De Grillet, un francés de mal carácter (se le debe una cantidad elevada de dinero, y se encuentra con ellos con el fin de cobrarla); y Madame Blanche, una mujer joven y seductora.

A los mencionados personajes debemos agregar uno nuevo, que aparece aproximadamente a partir de la segunda mitad de la obra. Se trata de la Abuela (tía del General), una figura excéntrica y desvergonzada que irrumpe en lo que hasta el momento parecía ser un ambiente  favorable para la familia. Sucede que el General espera durante mucho recibir un telegrama que le informe la muerte de ésta (la abuela está delicada de salud), recibir la herencia y así reacomodar su situación financiera y personal.

Lo más interesante de la obra, desde nuestra perspectiva (y más allá de la trama), es la manera en que Dostoievski deja al descubierto tanto situaciones socioculturales propias del contexto europeo de la época como la interioridad de la mente de los personajes. Están presentes, entre otros temas, la apariencia que se tiene frente a los otros, la avaricia (ambos encarnados en el personaje de Madame Blanche), el cuestionamiento a ciertos valores (el del trabajo y ahorro, principalmente; el llamada “ídolo alemán”), y las disputas de poder (por ejemplo, la tensión entre Alexei y Polina). El tratamiento que el autor realiza de cada uno de estos puntos es sumamente interesante, y sin duda merecen un análisis propio. Sin embargo, la cuestión central sobre la que más énfasis se hace –y sobre la que problematizaremos específicamente en este texto– es la de los juegos de azar (tal como el título de la obra y el nombre que se elige para la ciudad revelan).

A dicha temática se la aborda desde las dos maneras mencionadas (es decir, la que describe desde afuera un fenómeno social, por un lado; y la que expresa lo que siente y piensa un personaje, por otro), pero debemos reconocer que la segunda es la más presente (o al menos la más visible). Aquí un fragmento que ejemplifica cómo observa el asunto desde afuera:

“A primera vista, lo particularmente feo en toda esa canalla [se está describiendo el proceder de la gente en el casino] de la ruleta era el respeto hacia lo que estaban haciendo, la seriedad y hasta la devoción con que todos rodeaban las mesas. Por eso aquí se marca tan definidamente la diferencia entre el juego mauvais genre y el que puede permitirse un hombre digno. Hay dos juegos: uno de caballeros y otro plebeyo, interesado, el juego de la chusma. Aquí se marca muy bien la diferencia, pero !qué infame es esta diferencia en el fondo! El caballero (…) puede apostar (…) sólo como un simple juego, como diversión (…); pero la ganancia misma no debe interesarle en absoluto. Si gana puede, por ejemplo, soltar la risa, hacer una observación a alguno de los que lo rodean; puede incluso doblar una y otra vez la apuesta, pero únicamente por curiosidad, para calcular sus posibilidades, y no movido por el plebeyo deseo de ganar”.

Para expresar de óptima forma los sentimientos, motivaciones y conflictos interiores, qué mejor que elegir un narrador en primera persona que participe de los hechos. Alexei, el protagonista, es también quien nos relata lo sucedido. Y, claro, todo lo vemos a través de sus ojos; lo que equivale a afirmar que lo que el lector sabe se basa exclusivamente en la situación, experiencias y formas de ser de este personaje.

Entonces, desde este lado puramente subjetivo e individual (encarnado en el joven Alexei), el tema del juego es abordado de la siguiente manera: el protagonista, quien se encuentra en una situación económica desfavorable (de por sí la paga que recibe es bastante baja, pero durante la novela el General interrumpe su tarea de preceptor de sus hijos), poco a poco se vuelve adicto al juego de la ruleta.

“Por lo demás, no recuerdo lo que pude pensar por el camino; dentro de mí no había ideas. Sólo experimentaba un placer terrible, el placer del éxito, de la victoria, del poderío, no sé cómo decirlo”.

Al elegir la ludopatía, en este caso, lo que muestra el autor es hasta qué punto el hombre puede volverse esclavo de sus deseos e impulsos. La voluntad, la vida social e incluso la propia cordura sufren amenazas constantes, hasta llegar al punto en que son prácticamente anuladas. Todos los intereses del protagonista, todos sus sentimientos y pretensiones de obtener una vida mejor quedan en un estado de “pausa”, y su vida se reduce exclusivamente al juego.

 “Polina me daba lástima, lo juro, pero (¡cosa extraña!) desde el momento mismo en que, en la noche anterior, había llegado a la mesa de juego y empecé a amontonar dinero, mi amor parecía haber pasado a segundo plano. Esto lo digo ahora, pero entonces no lo había advertido claramente. ¿Es que tengo de veras espíritu de jugador?”

Aquí vemos claramente cómo el juego pasa a ocupar la mayor preocupación y razón de vivir de nuestro desafortunado protagonista. Ni siquiera el enamoramiento, que por momentos tenía apariencia de obsesión, se iguala a la sensación del triunfo. Pero lo peor de todo reside en que no es puramente el dinero lo que envenena la mente de Alexei. Es, más bien, la sensación de riesgo constante al efectuar cada apuesta, el peligro que corre al saberse jugado; y más que nada, el deseo de “demostrar” a los otros que se puede ir contra un destino, contra lo establecido.

Paradójico resulta, porque al cabo de un tiempo Alexei se vuelve adicto y lo que hace justamente es seguir un camino del que se le vuelve más y más complicado retornar. Si lo que quería era evitar fatalidades (la de perder, en su caso), necesidades, entonces está a la vista que le salió precisamente al revés, porque fue condenado a la repetición y, en última instancia, a la ruina.

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Fiódor Dostoievski, uno de los autores más notables e influyentes de su siglo

Italo Calvino y la narrativa poética.

Como muchos sabrán, el lenguaje tiene una capacidad única a la hora de fundir en nuestro pecho ciertos pensamientos o sentimientos. Las palabras se disfrazan e interpretan sus sentidos en un drama que es el texto. La reivindicación máxima de la literatura frente a las otras artes es su infinito alcance, el poder de despertar con cada sonido un mundo de interrogaciones en el alma. Como dice Barthes, la lectura produce escritura y la literatura es una fuerza infinitamente productora.

Italo Calvino, escritor cubano residente en Italia fue, sin duda, uno de los máximos representantes de la condición posmoderna. Escribió sobre la eterna inseguridad y la pasividad del sujeto posmoderno, entrecruzado de realidades, desdoblado, perdido en una masa amorfa de interpretaciones variadas. Escribió sobre el amor, el destino, y aquellos principios que materializan existencias.

De estas reflexiones surgieron tres novelas, que se pueden agrupar debido a su objeto común. Llevando como título el epíteto de cada personaje, estas tres novelas surgieron en la década del ’50: El vizconde demediado (1952), El barón rampante (1957) y El caballero inexistente (1959).

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Esta última, la única que he leído hasta ahora, nos relata la historia de Agilulfo, un caballero del ejército de Carlomagno cuya principal característica es no poseer un cuerpo. Existe a fuerza de voluntad, manteniendo un objetivo: servir a su emperador y cumplir con excelencia los deberes. Él, como los demás personajes en la novela, oscilará siempre entre la reafirmación y la desaparición de su mundo, entre la existencia y la evanescencia.

Además de la desautomatización que genera la progresiva parodia de la tradición épica, además del particular humor de la novela, del rompimiento con las categorías de la escritura, de la reflexión literaria, de la ruptura del verosímil y del juego de opuestos, la novela desarrollará, a lo largo de todo su cuerpo, las más ricas abstracciones, cuestionamientos propios de la mentalidad posmoderna:

A esas horas del amanecer, Agilulfo sentía siempre la necesidad de aplicarse a un ejercicio de exactitud: contar objetos, ordenarlos en figuras geométricas, resolver problemas de aritmética. Es el momento [del día] en que las cosas pierden la consistencia de sombra que las ha acompañado durante la noche y vuelven a adquirir poco a poco los colores, pero mientras tanto atraviesan una especie de limbo incierto, apenas rozadas y casi rodeadas por un halo de luz: la hora en que menos se está seguro de la existencia del mundo. (…)

Así lo vio Rambaldo, mientras con movimientos abstraídos y rápidos disponía las piñas en triángulo, después en cuadrados sobre los lados del triángulo (…). Rambaldo comprendía que todo marchaba a fuerza de rituales, de convenciones, de fórmulas. (…) Pero, además, incluso su deseo de cumplir la venganza por la muerte de su padre, incluso este ardor suyo por combatir, por enrolarse entre los guerreros de Carlomagno, ¿no era también un ritual para no hundirse en la nada, como aquel quitar y poner piñas del caballero Agilulfo? (…)

En esta escena, en la cual el protagonista junto a dos personajes arrastran cadáveres para enterrarlos luego de la guerra, Calvino opone los tres discursos mostrando un hilo en común: la reflexión acerca de la existencia:

Agilulfo arrastra un muerto y piensa: “Oh, muerto, tienes lo que nunca tuve ni tendré: esta envoltura (…) o sea eso que a veces (…) me sorprendo envidiando a los hombres que existen. ¡Bonita cosa! Bien puedo llamarme privilegiado, yo que puedo prescindir de ella y hacerlo todo. (…) Es cierto que quien existe siempre pone en ello algo, una impronta personal, que yo no conseguiré nunca dar. Pero si su secreto está aquí, en este saco de tripas, gracias, prefiero prescindir de él.

Gurdulú arrastra un muerto y piensa: “Te tiras unos pedos más apestosos que los míos, cadáver. No sé por qué todos te compadecen. ¿Qué te falta? Antes te movías, ahora tu movimiento pasa a los gusanos que alimentas. Te crecían uñas y cabellos; ahora chorrearás un líquido pútrido que hará crecer más altas las hierbas soleadas del prado. Te convertirás en hierba, luego en leche de las vacas que coman la hierba, sangre del niño que beba la leche, y así sucesivamente (…)”

Rambaldo arrastra un muerto y piensa: “Oh, muerto (…) No hay más días que estos días antes de al tumba, para nosotros los vivos y también para vosotros los muertos. Que se me conceda no desperdiciarlos, no desperdiciar nada de lo que soy ni de lo que podría ser. Realizar acciones egregias para el ejército franco. Abrazar, abrazado, a la valiente Bradamante. Espero que hayas gastado tus días no peor, oh muerto. En cualquier caso, para ti los dados ya se han echado. Para mí aún dan vueltas en el cubilete. Y yo amo, oh muerto, mi ansia, y no tu paz.”

La pluma de Calvino ahonda en la incertidumbre como energía y potencia:

Del narrar en pasado, y del presente que se me sublevaba en los pasajes más emocionantes, ahora, oh futuro, me he subido a la silla de tu caballo. ¿Qué nuevos estandartes alzas a mi encuentro desde los gallardetes de las torres de ciudades aún no fundadas? ¿Qué humos de devastación en los castillos y los jardines que amaba? ¿Que imprevistas edades de oro preparas, tu, indomable, tu, precursor de tesoros pagados a muy alto precio, tu, mi reino por conquistar, futuro…?

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¿Por qué prohibieron el circo? – Mempo Giardinelli

¿Por qué prohibieron el circo? es la primera novela publicada del autor chaqueño Mempo Giardinelli. En ella, se denuncian la pobreza e ignorancia que azota los sectores más pobres del país (en este caso de su provincia natal), y en segundo término el accionar violento de la anteúltima dictadura militar, la instaurada tras la llamada “Revolución Argentina”. Por otro lado, y desde un punto de vista más “individual”, se expresan ciertos planteos y reflexiones acerca de la felicidad, el sentido de la existencia, la muerte, la resignación, y la soledad, entre otros temas.

Antonio Oroño, un joven de treinta años, llega desde Resistencia a Colonia Perdida con el fin de reemplazar al viejo maestro del pueblo, quien ha pedido la jubilación. Se trata de una aldea de ínfima extensión, perdida entre el monte y la selva chaqueña, que apenas supera el centenar de habitantes.

Palacio, quien se ha encargado de dar clases en la escuela durante los últimos cuarenta y cuatro años, recibe a Toño (así se apoda el protagonista) y le explica de manera superficial cómo es la vida en el pueblo. Según lo relatado por el hombre, la aparente tranquilidad característica se transforma luego en quietud, soledad y acostumbramiento. Desde su perspectiva, ese es el mayor riesgo que se corre al vivir en el caserío.

“Juan Palacio dice estar convencido de que por más que uno se resista, a la larga termina adaptándose y se resigna. Los hombres resignados son como líneas rectas, no tienen perspectiva. Entonces uno se achata, se recuesta en su propia soledad y acaba despreciando a la gente, al pueblo, a uno mismo. Es que uno se contradice y se traiciona permanentemente: justo cuando va a decir se acabó, planto y me voy, decide esperar hasta mañana. Y mañana se convence de que no está tan mal como está. Y lo peor es que, siempre, cuando uno se da cuenta ya es tarde”.

La primera de las tres partes en que se divide la novela narra, en definitiva, la llegada del maestro, y también sus primeras impresiones acerca del pueblo. Al principio no logra comprender cómo la gente puede vivir de esa manera, dejando simplemente que el tiempo transcurra, limitándose a completar su rutina. Sin embargo, esta primera impresión y las preguntas que se plantea se basan en una parte muy pequeña de la realidad. Lo que hasta el momento ha conocido no es más que la máscara que recubre a Colonia Perdida y sus habitantes.

La segunda parte, que por otro lado contiene lo que comúnmente llamamos “nudo” o desarrollo de la novela, es la más extensa. A medida que, junto al protagonista, conocemos nuevos personajes y nuevas voces, el panorama que tenemos del pueblo se va ampliando. Las conversaciones con los hacheros, comerciantes, el intendente, y los mismos alumnos de la escuela le ayudan a conocer, junto a sus caminatas por el monte, un poco más acerca de las costumbres y forma de vida que se lleva en Colonia Perdida.

Poco a poco, las preguntas que se había formulado Toño acerca de la misteriosa “calma” que caracteriza a Colonia Perdida van obteniendo sus respuestas. La pasividad y quietud inicial tiene su explicación en la resignación y miedo de los habitantes ante el orden impuesto por los más poderosos. La falta de cuestionamientos, convicciones y deseos por cambiar dicho orden tienen su origen en la ignorancia de éstos, y en el aislamiento respecto de otras ciudades, fomentado por las mismas autoridades.

¿Por qué, entonces, nos encontramos frente a dichas problemáticas? ¿Cuál es el origen, el motivo de esta situación? Básicamente, el deseo de la clase dominante de mantener su cómoda posición. Este sector social incluye al intendente, a los empresarios dueños del algodonal y el obraje (de donde se obtiene la madera de quebracho), y a sus respectivas familias. El mayor objetivo de Marcelino Grande, máxima autoridad de Colonia Perdida, es “tener a raya a los que están en su contra”.

Dicho sector, con el fin de obtener el mayor provecho posible, y a la vez mantener su posición de privilegio, explota a los hacheros y algodoneros de forma indiscriminada. No tiene en cuenta ningún tipo de derecho laboral a la hora de contratar a sus empleados. En realidad, no los respeta no sólo como trabajadores, sino que también abusa de ellos en su condición de personas. El accionar de las “Brigadas de Control de Trabajo” es el más claro ejemplo de ello.

Las mencionadas brigadas están compuestas por hombres que tienen la tarea de reprimir, a cualquier costo, a quienes atenten contra el orden social imperante. Existe una para el obraje y otra para el algodonal. Dentro de su “repertorio”, se contabilizan asesinatos, torturas y violaciones.

El miedo infundido por este cuerpo parapolicial, sumado a la ignorancia, la falta de comunicación, y las pésimas condiciones en las que viven estas personas (lo que implica, naturalmente, que no tengan ni tiempo, ni fuerzas ni recursos para intentar revertir la situación) son el verdadero origen de la calma y orden aparentes. La desinformación, los discursos turbios y demagogos, y el “hacer de cuenta que nada ha pasado” son otras herramientas fundamentales para los gobernantes.

El sector más perjudicado, como vimos, está integrado por aquellos que trabajan en la tala de quebracho y el cuidado del algodonal. La mayor parte de estos trabajadores son habitantes de Colonia Perdida, pero a ellos debemos agregar varios miembros de una comunidad qom (un pueblo originario, también conocido como “toba”) que vive cerca del pueblo.

Además de las mencionadas clases alta y baja, podemos vislumbrar un sector intermedio entre ambos. Se trata de los comerciantes y el resto de las personas que no trabaja en el obraje. En este grupo también debemos incluir al cura del pueblo. Sus integrantes tienen una vida “aceptable”, por llamarla de cierta forma. En general tienen buena relación con los más poderosos, lo que trae beneficios para ambas partes: para el intendente y los empresarios, significa recibir el apoyo de este sector, ya que al tener una vida relativamente buena lo único que quieren es que se mantenga el orden general (y esto, claro está, beneficia notablemente al sector más poderoso); para los comerciantes, por otro lado, implica que su voz tenga cierta consideración dentro de las decisiones tomadas desde la intendencia.

La llegada de Toño significa, tanto para dominantes como para dominados, un motor, una oportunidad de cambio. Oportunidad que, por otro lado, es altamente valiosa: Antonio es el primer visitante del pueblo en veintisiete años.

Ambos bandos tratan de ganarse la confianza del maestro, y ponerlo de su lado. El protagonista, desde el momento en que conoce el verdadero rostro de Colonia Perdida, tiene muy claro lo que siente y piensa, y no duda en qué vereda se va a ubicar; pero no está demasiado seguro de cómo ayudar para quebrar este orden. A partir de este momento, la historia girará en torno a la influencia que tiene Toño sobre sus compañeros, la manera en ha colaborado para devolverles las esperanzas, y la forma en que se rebelan los que por años habían sido simples resignados.

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Uno de los elementos que mayor valor literario aporta a la obra es la manera en que el autor ha elegido narrar la novela: el lector, a medida que se adentra en la obra, se encuentra dos historias narradas de forma simultánea. La primera, de la que más sabemos, es la que hasta ahora hemos introducido (la llegada del protagonista al pueblo y lo que de ello se desencadena). La segunda historia es la que relata el pasado de Toño, y recorre desde su niñez hasta sus treinta años, el momento previo a abandonar Resistencia. A partir de la segunda parte de la novela, ambas historias se van intercalando entre párrafo y párrafo.

Una parte considerable de la historia que relata el pasado de Toño se centra en su vida universitaria y política. En este punto, el autor toca otro tema histórico-social de peso en Argentina: el accionar de la dictadura militar que perduró en el poder entre los años 1966 y 1973. De alguna forma se traza un paralelismo entre las detenciones y torturas efectuadas por dicho régimen (el mismo Toño es víctima de ellas), con la forma de actuar de las brigadas de Colonia Perdida.

Volviendo al aspecto literario, debemos señalar que los tipos de narradores elegidos por Giardinelli ayudan aún más a “confundir” al lector. Además de los saltos en el tiempo, otro recurso es el de cambiar constantemente la voz que nos relata los hechos. Por momentos, una tercera persona que se queda con un personaje en especial (por lo general Toño); más adelante, nos encontramos dentro de la mente de otro personaje, esta vez relativo a la segunda historia (la madre, la novia).

De esta manera, uno debe ir como recolectando, juntando todas las piezas y todos los testimonios que se ofrecen. Cualquier desconcentración puede significar perderse una información clave para entender tanto el desarrollo de la novela como la historia del protagonista. En este aspecto, el método utilizado por el autor se asemeja al de otros argentinos, como Marco Denevi en Rosaura a las Diez, e incluso el de Manuel Puig en Boquitas Pintadas.

Habiendo desarrollado brevemente los contenidos de la novela (la introducción hacia los personajes y hechos), los momentos o situaciones históricas que revela (la pobreza en la que vive mucha gente del norte argentino, y la “Revolución Argentina”), y ciertos recursos que utiliza el autor para armar y diseñar el relato, nos detendremos por último en algunos planteos o reflexiones propios de los personajes.

Se trata de cuestiones más individuales, subjetivas, pero que no dejan de estar profundamente relacionadas con el cuadro político-social. A lo largo de la novela distintos personajes piensan y conversan acerca de asuntos filosóficos y existenciales. Por ejemplo, uno de los más evidentes es el tema de la soledad (la que siente Toño, o la que describe Palacio en las primeras páginas), que se conjuga también con el de la quietud o pasividad (propia de los habitantes del pueblo).

Y sostengo que todo esto se relaciona con el ambiente social porque, como podemos observar, el orden, las jerarquías y funciones de cada sector determinan o influyen claramente en la vida de cada individuo. Está a la vista que las condiciones en las que viven los hacheros y aborígenes (que es una cuestión sociopolítica) no contribuye para nada en que éstos, como individuos, tengan por ejemplo deseos de buscar una vida mejor. Ni deseos, ni medios para concretar dicho cambio. Son unos pocos los que, al menos, consideran la posibilidad de llevar a cabo medidas de protesta (Quirurgo Gauna, Enrique Rojo).

Podemos sostener, en definitiva, que ¿Por qué prohibieron el circo? es una obra totalmente comprometida con la situación social de la Argentina; y, por otro lado, una compleja red de discursos y testimonios, que dificultan y al mismo tiempo atrapan al lector. Los personajes presentes, cada uno con sus convicciones, intereses y pasado completan lo que, desde nuestro punto de vista, es una excelente obra de arte.

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paisaje del monte y selva, provincia de Chaco (Argentina)

“De la Infancia” (Hermann Hesse): Los recuerdos de la niñez, y la ilusión perdida

Esta semana elegí otra obra de Hermann Hesse, titulada De la Infancia. Fue publicada en la antología llamada Cuentos 1, en 1903. A la misma colección pertenecen, entre otros tantos, los ya tratados Karl Eugen Eiselein y El alumno de latín.

No sabemos demasiado acerca del protagonista. Ni siquiera su nombre. Tampoco qué cosas hace, le interesan ni a qué se dedica. Sin embargo, lo único de lo que podemos estar seguros es que se trata de una persona relativamente madura (treinta años, quizá). Y, claro, lo que nos cuenta acerca de su niñez.

Los recuerdos de la infancia del protagonista (como revela el nombre de la obra) constituyen casi la totalidad de lo narrado. A dichas memorias, debemos añadir los sentimientos y consideraciones que provoca al personaje volver, aunque sea sólo por unos instantes, y desde las limitaciones de la mente, a aquel mundo que hoy le parece tan distante.

En esencia, los hechos a los que el protagonista vuelve son aislados y difusos, y se confunden unos con otros. Porque como él mismo observa, la infancia es eso, un recuerdo, más o menos lejano, de magia y simpleza. Cosas pequeñas, que llaman la atención, y que un instante después son reemplazadas por otras, tan simples como las primeras; y que en definitiva constituyen el mundo del niño.

“Es un pequeño recuerdo, o dos, o tres; pero ¿quién contaría las experiencias, las excitaciones y las alegrías que un niño descubre en las piedras, en las plantas, en los pájaros, en los aires, en los colores y en las sombras, entre una hora que suena y la siguiente, y las vuelve a olvidar en seguida, y sin embargo las transfiere a los sucesos y a las transformaciones de los años? Una determinada tonalidad del aire en el horizonte, un ruido insignificante en la casa, o en el huerto, o en el bosque; la visión de una mariposa o cualquier perfume fugaz suscitan en mí a menudo, por unos momentos, nubes de recuerdos de aquellos tiempos lejanos. No son recuerdos claros ni individualmente diferenciables, pero todos llevan el mismo aroma delicioso de entonces, porque entre mí y cada piedra, cada pájaro y cada arroyo existía una vida y una compenetración íntima, cuyos residuos me esfuerzo celosamente por conservar”.

La nostalgia resulta, en muchos casos, inevitable: la inocencia propia de los chicos, junto a una imaginación intrépida, y a un ambiente relativamente propicio (este es el caso del protagonista) hacen de este tipo de recuerdos un tesoro de inmenso valor, una de las cosas más bellas que el hombre puede poseer.

Las reflexiones hechas por nuestro protagonista, ya adulto; sumadas a las consecuencias de la enfermedad que sufre Brosi (el amigo de la infancia) componen, desde nuestro punto de vista, la parte más valiosa de la obra. Sin ellas, tendríamos en frente un simple relato acerca de la vida de un niño.

La historia aquí narrada tiene también matices más tristes: como comentamos, la grave enfermedad que sufre su mejor amigo, y lo que de ella se desprende. Sin embargo, el autor logra mantener todo el relato tal como un niño lo hubiera vivido: los detalles desagradables son desconocidos para el chico, y los momentos oscuros son relatados con la más cruda inocencia. La inclusión por parte del autor de este hecho ayuda aún más a generar en el lector este ambiente de inocencia, de lejanía.

Sólo ahora (me refiero al tiempo presente de la narración), este hombre conoce y entiende completamente, y en buena medida la melancolía con que recuerda aquellos días se debe quizá a esa inocencia, o más bien al darse cuenta de que, con el paso de los años, ha perdido aquella inocencia.

Tal vez sea eso, entonces, lo que suele envolver con un halo de magia y misterio a la niñez. El hecho de darnos cuenta de que perdimos la inocencia, la ingenuidad incluso, y de que dejamos de ver la magia. Tal vez sea, también, el hecho de saber que difícilmente podamos volver a sentir y a mirar con aquellos ojos el mundo que nos rodea.

herman-hesse

“Canto el Cuerpo Eléctrico” (Ray Bradbury): hombres y robots más humanos

Junto a Fantasmas de lo nuevo (el cuento), considero que esta obra es una de las más destacadas de la antología de Bradbury. En ella se mezclan una trágica historia, o mejor dicho lo que queda luego de la tragedia; con ciertas consideraciones y reflexiones que transmite el autor en la voz de uno de los protagonistas (la abuela), donde sin duda la que cobra mayor fuerza o notoriedad es aquella que refiere al papel de las máquinas (tópico tan frecuente en la obra del autor estadounidense). El encuentro entre ambos sucesos es el elemento que da sentido a la narración, y es clave dentro del desenlace.

Si bien no se explicita la época en que los hechos tienen lugar, podemos ver claramente que se dan en un futuro (cincuenta años, tal vez). En dicho contexto se narra el momento posterior a la muerte de una madre; en otras palabras, se cuenta cómo trata esta familia de salir adelante. Los obstáculos que deben superar son dos: el primero, el de enfrentar el dolor provocado por la pérdida (cada uno lo asimila de diferente manera, aunque en la hija menor es más evidente); el segundo, que afecta a todos pero preocupa principalmente al padre, es el de saber cómo serán sus vidas luego de la tragedia.

Precisamente, lo que requiere con urgencia el padre de esta familia es encontrar a alguien que se ocupe de los niños mientras él trabaja. Ni una tía ni las niñeras parecen satisfacer esta necesidad, por lo que el padre, desesperado, busca alternativas. Una de ellas, por extravagante que parezca, será la elegida: una abuela mecánica.

Se trata de un curioso invento, producido por una tal compañía Fantoccini, que tiene el fin de ayudar en las tareas domésticas y en la crianza de los hijos a aquellas familias que han sufrido terribles acontecimientos. Como el mismo creador revela, “Nada puede sustituir a los padres en el hogar. Pero hay familias en que la muerte, la mala salud o la invalidez minan el bienestar de los niños”.

De esta manera, lo narrado posteriormente describe principalmente la relación que se genera entre los tres chicos y la abuela-robot. Ésta última, de características y aspecto humanos, ha recibido toda la información necesaria con respecto a la situación de la familia, y sabe cómo es cada uno de sus integrantes. Buscará ganarse su confianza y afecto, con el único fin de cumplir su misión de la mejor manera posible.

Agatha, la hija menor, es quien más se resiste a la llegada de la abuela. Profundamente dolida por la muerte de su madre –hecho que afectó de manera particular a la niña, ya que le provocó que no confiara en otras personas, especialmente adultos–, la pequeña no quiere acercarse a la nueva integrante de la familia por miedo a volver a experimentar el sentimiento de pérdida.

Por otro lado, la reflexión o mensaje que destacábamos en el primer párrafo, el del rol de las máquinas, es central en la obra. De alguna manera, todo en ella gira alrededor de este único pensamiento, que se convierte en eje, en núcleo. Se describe y explica el dolor de los integrantes de la familia con el fin de dejar en evidencia qué tan útiles pueden llegar a ser las máquinas para el hombre, si se las diseña inteligente y humanamente.

-Extraño- dijo papá-. Cuando yo era chico, había muchas protestas contra las máquinas. Las máquinas eran malas, dañinas, deshumanizaban…

-Algunas máquinas sí. Todo depende de la manera en que son construidas. Todo depende de la manera en que se las usa. Una trampa para osos es una simple máquina que atrapa, retiene y desgarra. Un rifle es una máquina que hiere y mata. Bueno, no soy una trampa para osos, no soy un rifle. Soy una máquina abuela, es decir, más que una máquina.

-¿Cómo puedes ser más de lo que pareces?

-No hay hombre tan grande como sus propias ideas. En consecuencia, cualquier máquina que encarne una idea es más grande que el hombre que la hizo. ¿Y qué hay de malo en eso?

BRADBURY 1

“Sabía que la mayoría de las máquinas son amorales, ni malas ni buenas. Pero del modo como uno las construyera o las modelara, se modelaba a la vez a hombres, mujeres y niños para que fueran malos o buenos (…) Y para eso se necesitan ejemplos.

-¿Ejemplos?- pregunté.

-Otras personas que se comporten bien, y que uno pueda imitar. Y si nos comportamos bastante bien durante bastante tiempo, todos los pelos se caen y dejamos de ser un mono malvado.

La abuela se sentó de nuevo.

-Así, durante miles de años, vosotros los humanos necesitasteis reyes, sacerdotes, filósofos, ejemplos hermosos para mirar y decir “Ellos son buenos, quisiera ser como ellos. Ellos encarnan el gran estilo.” Pero como también son humanos, los mejores sacerdotes, los filósofos más compasivos cometen errores, pierden la gracia, y la humanidad se desilusiona y cae en un escepticismo indiferente o, peor aún, en un cinismo inmóvil, y el mundo bueno se detiene rechinando mientras el mal avanza a grandes zancadas.

-¡Y tú, qué, tú nunca cometes errores, eres perfecta, eres siempre mejor que nadie!

La voz venía del vestíbulo entre la cocina y el comedor donde Agatha, como todos sabíamos, estaba junto a la pared escuchando y ahora estallaba.

La abuela ni siquiera se volvió hacia la voz, y continuó hablándoles con calma a la familia sentada a la mesa.

-No, perfecta no, porque ¿qué es la perfección? Pero lo que sé es esto: como soy mecánica no puedo pecar, no puedo ser sobornada, no puedo ser codiciosa ni celosa ni mezquina ni pequeña. No saboreo el poder por el poder mismo. La velocidad no me empuja a la locura. El sexo no me lleva a la rastra por el mundo. Tengo tiempo más que suficiente para recoger la información que necesito.

(…)

-Pero- dijo papá, deteniéndola, mirándola de frente. Contuvo el aliento. La cara se le oscureció. Al final dijo-: Tanta charla sobre el amor, la atención, todas patrañas. ¡Santo Dios, mujer no sabes qué hablas!

(…)

-Yo no. Pero vosotros sí. Tú, Tomas, Timothy, Agatha.

“Todo lo que digáis, todo lo que hagáis, lo guardaré, apartaré, atesoraré. Seré todas esas cosas que una familia es y olvida, pero que siente, y recuerda a medias. Mejor que los viejos álbumes de familia que hojeabais diciendo: esto fue en invierno, eso aquella primavera, recordaré lo que olvidáis. Y aunque en los próximos cien mil años sigamos preguntándonos qué es el amor, quizá descubramos al fin que el amor es alguien capaz de devolvernos a nosotros mismos. Quizá el amor sea alguien que ve y se acuerda de devolvernos a nosotros mismos, mostrándonos que somos un poco mejores que en nuestras mismas esperanzas y en nuestros sueños…

“Soy la memoria de la familia y un día quizá, la memoria de la raza también, pero en la palestra, y a vuestro pedido. No me conozco a mí misma. No puedo tocar ni gustar ni sentir en ningún plano. Sin embargo existo. Y mi existencia no es otra cosa que la exaltación de vuestras posibilidades de tocar, gustar y sentir.

Luego de una lectura cuidadosa, podemos afirmar lo siguiente: la máquina sigue siendo máquina; lo que cambia es el hombre, el creador. La diferencia entre un rifle, un auto o la abuela es el fin por el que fue diseñada; las características y apariencia humanas sólo son circunstancias, partes o cualidades que permiten que cumpla su misión (como en un auto, el motor, por ejemplo).

Como vemos, de acuerdo a nuestra interpretación, lo que sufre un cambio es el hombre: su visión, sus intenciones, sus deseos, sus acciones. La máquina sigue teniendo una función, que es la de satisfacer las pretensiones humanas (en este caso específico, la de ayudar a las familias necesitadas). “No hay hombre tan grande como sus propias ideas. En consecuencia, cualquier máquina que encarne una idea es más grande que el hombre que la hizo. ¿Y qué hay de malo en eso?” Para que la máquina llegue a ser lo que es, la idea debe gestarse en la mente creadora, y luego materializarse en un artefacto acorde a lo pensado.

Más allá de esto, debemos destacar también la mirada optimista que predomina en el relato. Es una historia con “final feliz” –si nos centramos en la relación hombre – máquina–, y este aspecto no es menor, ya que establece una diferencia con otras obras (con Llamada Nocturna, por ejemplo). Porque las tragedias siguen sucediendo; los problemas continúan obstaculizando a las personas; y los fantasmas de siempre siguen acechando a los personajes; pero la diferencia reside en que, al menos dentro de este mundo, las máquinas en definitiva ayudan, satisfacen a los hombres, y de un modo mucho más humano.

La abuela, en este caso, tiene como única misión ayudar a la familia, y lo hace óptimamente porque, como ella misma revela, no elige, ni siente; sólo es funcional al hombre.

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