Olvidados (Parte 2).

La segunda y última parte del cuento que se convertirá en corto. Saludos.

Ya habiendo cruzado el terreno, llegaron al alambrado que protegía la casa. Miguel sacó de su chaqueta una tenaza y comenzó el arduo trabajo de hacer un hueco en ese alambrado. Mientras tanto, Marcos lo observaba con impaciencia, Juan con admiración, y Lucas, que se había quedado varios metros atrás para dar alarma, observaba el cielo.

-Para esto es que me llaman siempre ustedes, –Miguel comenzó un susurro quejoso mientras habría el alambrado- yo soy el que sabe como entrar y como salir, ¿no? Bueno, pero bien que podría hacerlo otro, casi me agarran esos perros hace un rato.

Lucas le ordenó que se callara. Obedeciendo por hastío, Miguel terminó su tarea. Los tres ingresaron al patio. Lucas había aceptado no entrar a la casa con ellos y quedarse por si alguien pasaba. Le habían prometido algo de plata.

Marcos, quien había entrado primero, observó en todas direcciones en busca de algún error imprevisto, de algún signo negativo, pero no lo encontró. Miró hacia adelante y observó la ventana, estúpidamente desprotegida.

Mientras Lucas entraba último, Miguel se incorporó con cuidado. Después de resguardarse de no quedar descubierto, después de rascarse nerviosamente el pie, miró dentro de la habitación.

Allí se encontraba una mujer. Estaba mirando su celular, y para mayor tranquilidad, tenía los auriculares puestos. La noche calurosa había hecho que abriera su ventana, el silencio del barrio la tranquilizaba.

Marcos, luego de ayudar a Lucas a entrar, se había puesto a contemplar el mismo espectáculo. Primero observó sus pies, los cuales jugueteaban desnudos en el aire. Su pelo caía libre sobre la almohada, generando texturas hermosas. Su boca sonreía silenciosamente. La mirada de Marcos terminó por posarse en los ojos de la mujer. Energéticos, recorrían de un lugar a otro, rebotando y dibujando en el aire.

En esa imagen entendió su realidad. Vio como su vida lo había ahogado en un mar de desilusiones. Se desesperó ante la realización de que su existencia había sido asaltada por la odiada realidad. Sus sueños, muertos hace tiempo, se descomponían, y sobre ellos, una vida de estúpida superficialidad y vanas distracciones reinaba su mundo. Ante esta imagen deseó no haber nacido. Sus ojos se le llenaron de lágrimas, su lengua se contrajo, y su mano, inconscientemente se movió hacia su bolsillo.

Lucas ya quería entrar en la habitación, Miguel ya estaba acercándose a la ventana, totalmente descubierto. La mujer ya gritaba, sorprendida y asustada. Lucas se acercaba rápido. Ambos querían violarla.

La mano de Marcos alcanzó el bolsillo. Rebelde, ignoró al cerebro de Marcos y escuchó su corazón. Reivindicó una vida de adicciones, inmoralidades e impulsos. Tomó la pistola, y mientras Miguel le gritaba, ya eufórico, que bajara eso, que no era necesario, y que le diera una mano, confrontó, y lo asesinó.

Con el sonido del tiro, los sentidos de Lucas se nublaron, pequeñas convulsiones llegaron desde su interior, soltó a la mujer para protegerse pero era inútil, otro tiro atravesó su cráneo.

Marcos observó a la mujer una vez más, la cual lloraba descontroladamente. Admiró esa obra de belleza, de una belleza que nunca antes se le había presentado, que nunca antes le había dado motivos para luchar y apreciar la vida. Maldijo al mundo por no haberle enseñado antes que el universo era bello y que lo bello curaba al alma afligida.

Se puso de pie y caminó. La joven lo miraba desaparecer en el living y su sombra lo seguía. Podía sentir las paredes estallar a su lado, los suelos abriéndose en inmensos cráteres, el cielo apagándose, el tiempo pasando.

Salió por la puerta principal. Los perros ladraron odiados su huída. Su vista nublada se perdió en el horizonte infinito, sus pies lo guiaron por la acera y su corazón comenzó a renacer.

Recorriendo sus eternas calles soñó despierto un cielo.

La luna había salido para verlo adentrarse en las entrañas de la ciudad. Y así, con su corazón aún incendiado, fue empequeñeciéndose; como un ave en la distancia, desapareció en las eternas tinieblas.

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Lo más pronto posible estará filmando la adaptación de este corto Manuel, con su productora. Como va a ser un laburo más bien casero, iré subiendo los avances para compartir. Ta luego!

Olvidados (Parte 1).

Con Manuel nos propusimos un trabajo en equipo. Yo escribiría un pequeño relato para que juntos pudieramos adaptarlo a un guión y su productora pudiera filmarlo. Luego de algunas vueltas, he aquí el resultado parcial. Lo publicaré en dos partes ya que, de otra manera, sería demasiado extenso, y más adelante, publicaré algunos adelantos del corto y el corto en cuestión. Espero que lo disfruten:

La puerta rechinaba, como todo en ese edificio. Se podía escuchar el ruido de los pequeños organismos que por ahí se movían, y aunque casi ningún sonido perturbara ese silencio, un alma ingreso a la habitación.

-Marcos, ya llegó – dijo Lucas.

La voz cruda, fría y temblorosa de su amigo hacia entender a Marcos a que se refería. En un empuje de euforia, que no duró más de un instante, se levantó de golpe. Sus amigos, indiferentes, yacían todavía en el piso, mirándose uno a otro, tratando de imaginar lo que ocurriría.

Luego de un intenso momento de diálogo sin palabras, lo entendieron. Juntos, se levantaron y siguieron a Marcos por las escaleras.

Un largo pasillo desdeñado y violado por el tiempo los vio cruzar. Junto a la mesita de luz, Marcos sintió el impulso de su cuerpo y su respiración. La vida se representaba, hermosa, en cada movimiento de su cuerpo maldito.

Llevó su mano temblorosa y empapada en sudor hacia la manija, e imaginó el sonido que esta haría, las veces que la escuchó y las que la escucharía, y sintió la insoportable fuerza del tiempo que lo empujaba.

Luego de un arduo trabajo para abrir sus pupilas, encontró la figura de Miguel. Su amigo lucía preocupado. Su frente brillaba pálida por la humedad, sus manos se acariciaban inquietas, sus ojos miraban al suelo en un infinito desprecio por el mundo. Su ropa, desacomodada, ocultaba heridas, marcas de un cuerpo desgastado. Su ansiedad le había secado la garganta. Miró a Marcos y en una voz áspera le informó:

-Está todo hecho. Vamos yendo para lo del viejo, que se hace tarde.

Marcos asintió y salió. Lucas y Juan lo siguieron. Los cuatro caminaban callados por la calle. Parecían meditar, pero solo soñaban con realidades alternas, con mundos de fantasía. Mientras Miguel prendía un pucho, Lucas y Juan discutían cuál sería la mejor manera de caminar y silenciar los pasos. Lucas sostenía que sin duda, caminar en puntas de pie le había funcionado aquella vez en el negocio, y Juan lo refutaba, diciéndole que bien habían tenido que correr aquella noche.

Los cuatro miraron de repente y juntos, un punto distante en el final de una calle. Un hombre que andaba con una linterna, caminando pausado y con torpeza, cruzó la calle. Un auto pasó a los gritos, coloreando por un instante la desierta noche.

Estas figuras eran símbolos de que la vida aún continuaba en su áspero mundo, de que ninguna acción se realizaba sin que, mientras tanto, millones de almas en millones de lugares respiraran todas a la vez. El súbito sentimiento de ser observados atacó a cada uno de los cuatro. Se miraron y compartieron ese escalofrío.

-¿Cuánto falta? Ya me estoy empezando a perseguir. ¿Hoy no es lunes? ¿Por qué hay tanta gente en la calle? ¿No se supone que la gente no sale un lunes a la noche?

El nerviosismo de Juan se manifestaba en preguntas vacías, en un monólogo que solo era una extensión y manifestación de su angustia. Digo monólogo, porque los otros tres jóvenes estaban sumidos en su soledad, no escuchaban, no hablaban, solo sentían el vacío de su alma, que se repetía en cada paso.

Marcos fue el primero en ver las luces de la casa del viejo. Elegante, fanfarrona y soberbia, la casa se desnudaba en la cuadra. Más grande, más vistosa y lujosa que cualquiera de las casas del barrio, había sido siempre el anhelo de los jóvenes que vagaban perdidos esas calles. Esa casa representaba la tentación, el triunfo, una victoria unánime sobre la agresiva vida.

El patio verde daba rodeaba un pórtico lustroso. Dos columnas se erigían en su frente, dos puertas se abrazaban en su centro, y dos perros, corpulentos y amenazantes, dormían en su piso.

Los cuatro siguieron caminando hasta dar la vuelta a la manzana. Ya del otro lado, se descubrió un enorme descampado. Miguel les indicó el camino. El baldío, descuidado, se había transformado en un nido de ratas. El pasto, crecido de sobremanera, dificultaba el paso de los cuatro, quienes, tanteando, ingresaron en él.

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En un par de días publico la segunda parte. Saludos!

Ray Bradbury y los Fantasmas más temidos

El texto que elegí esta semana es el breve cuento Llamada Nocturna, publicado por primera vez en 1969 dentro de la obra I Sing The Body Electric! (traducido al castellano como Fantasmas de lo Nuevo), del escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012).

Algunos de los temas o ejes principales tratados en esta obra son la soledad y los efectos que ésta puede producir en el hombre; la dualidad olvido – memoria; y la inmortalidad. También es fundamental la intervención de las máquinas, que, de satisfacer las necesidades, ocurrencias y caprichos humanos, se transforman, en un giro inesperado, en su peor pesadilla.

El protagonista de esta historia debe afrontar una vida condenada a la soledad. La supervivencia, como él mismo confiesa, no es un problema (tiene a su disposición provisiones de sobra). Sin embargo, las preocupaciones que lo afectarán en mayor medida son las de encontrar la manera de ocupar el tiempo y el no perder las esperanzas de ser rescatado por alguna nave.

En esencia, el autor trata un asunto –el asunto– fundamental en la vida de todo hombre: el de encontrar un sentido o razón de ser, que lo aleje de una existencia absolutamente errática. Por otro lado, el intento de no perder la “humanidad”, ni caer en la desesperación o locura, es otro de los temas que  se desprenden de la desdichada situación del personaje.

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Metiéndonos de lleno en la historia, debemos señalar que el autor de Farenheit 451 nos sitúa en esta oportunidad en el planeta Marte, en el año 2097. En dicho escenario se narran los últimos días de vida de Emil Barton, un hombre de ochenta años que ha vivido durante los últimos sesenta abandonado en el Planeta Rojo, completamente solo. El motivo de su aislamiento es el siguiente: el resto de los terrícolas que vivían en las colonias marcianas debió regresar a la Tierra, donde en ese entonces tenía lugar la llamada “guerra nuclear”. Bajo circunstancias que no se especifican, el protagonista de esta historia fue olvidado.

El mencionado personaje, a lo largo del cuento, mantiene una conversación telefónica consigo mismo, sesenta años más joven. ¿Cómo es esto posible? Para entender un poco de qué se trata este diálogo aparentemente imposible, es necesario que nos remontemos en el pasado, al momento en que Barton fue abandonado por sus compañeros.

-Se me ocurrió una idea. Registré mi voz mil veces en una cinta. Transmitida desde la ciudad, suena como mil personas. Un ruido reconfortante, el ruido de una multitud. Lo grabé de manera que se oyen portazos, los niños cantan, los gramófonos suenan, todo mediante un sistema de relojería. Si no miro por la ventana, si me limito a escuchar, está muy bien. Pero si miro, la ilusión se desvanece. Me parece que me estoy quedando solo.

Sin embargo, su primer y mayor invención, la que vuelve a la vida a su juventud, fue la siguiente: programar un “cerebro parlante”, al que le daría su propia voz (grabando miles de palabras), para que lo llame por teléfono dentro de sesenta años. Si aún se encontrara vivo y en el Planeta Rojo, se crearía la ilusión de una conversación con su pasado (digo ilusión, porque en realidad el interlocutor es un robot, con la personalidad del joven Barton).

El mencionado artefacto funciona más o menos de la siguiente manera: se graban miles de palabras, las cuales son luego seleccionadas y pronunciadas por el cerebro. Está diseñado de tal manera que es capaz de entender cualquier pregunta u oración, y en base a los miles de términos de que dispone, responder y mantener una conversación. “Estas cintas escondidas sólo reaccionan a cierto número de estímulos tuyos”.

No obstante, a medida que pasaron los años, el creador se hartó de su obra, que no era más que un auto engaño (desde la perspectiva del Barton viejo, una “locura”; desde la del joven, “autoprotección”): destruyó uno por uno los robots, y desactivó todos los olores y ruidos urbanos. Tal vez por olvido, tal vez por no saber cómo detenerla, la única creación que siguió con vida fue la del cerebro parlante y la futura conversación.

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Volviendo al presente, al tiempo en que se narra esta historia (año 2097), debemos explicar brevemente la relación entre creador y creado. Al principio, cuando recibe la primera llamada, el viejo no reconoce su propia voz al teléfono; poco a poco, y con ayuda del cerebro, logra reunir todas las piezas de su pasado (o casi todas).

La relación entre ambos personajes –sí, el cerebro parlante debe ser considerado como tal– no tarda en volverse conflictiva: el viejo se cansa de las constantes llamadas de aquella voz (“No vivo más que cuando hablo. Así que tengo que hablar”), y, desesperado, le “declara la guerra”.

-¡Basta!- gritó el viejo. Sintió los accesos familiares de dolor. Lo invadió la náusea y la oscuridad. –Ah, Dios, eras despiadado. ¡Vete!

-¿Eras, viejo? Yo soy. Mientras las cintas se deslicen, mientras los rollos y los ocultos ojos electrónicos lean, elijan y traduzcan palabras para ti, seré joven y cruel. Seguiré siendo joven y cruel mucho después que hayas muerto. Adiós.

Luego de la conversación, cada uno prepara sus armas con el fin de destruir a su adversario. El viejo, por un lado, buscará el lugar en donde ha instalado el cerebro mecánico, con el fin de desactivarlo; la máquina, a su vez, jugará con una estrategia más lenta, efectiva y cruel: pretenderá agotar a su creador, hasta hacerlo perder sus estribos, aprovechando su avanzada edad y sus problemas de salud. Desde este momento, hasta el final de la obra, sólo quedará un vencedor.

Uno de los recursos que el autor utiliza es el de confundir los tiempos y personalidades; de manera que, por momentos, el lector pierde la noción del tiempo; o bien no sabe con seguridad quién es realmente cada personaje. Que la perspectiva que el lector tiene sea la del viejo (salvo en los párrafos finales) tampoco es casualidad.

El final de la obra es, por otro lado, magnífico: no se sabe si el protagonista ha dotado de ciertas facultades a la máquina que, ya de viejo, no recuerda; o, por otro lado, el cerebro ha evolucionado y ya no depende completamente de lo establecido por su creador (la falsa llamada del Capitán Rockwell, entre otros indicios, deja abierta esta posibilidad).

Por momentos, me vinieron a la mente imágenes de La Invención de Morel, novela del argentino Adolfo Bioy Casares, donde están presentes tanto las temáticas de la soledad y la inmortalidad, como la intervención de las máquinas. Ambas obras comparten, también, un final abierto.

A modo de cierre, podemos sostener que Llamada Nocturna es una de las obras más interesantes de esta colección, tanto por la historia que en ella se narra, como por las temáticas y el tratamiento que de éstas se hacen.

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Superficie de Marte, escenario de Llamada Nocturna.

Tempestad y crecimiento.

El vivir es, muchas veces, existir en un estado de paz con el universo. El tiempo de conservación y linealidad se ve interrumpido por fugaces estruendos. Terremotos destruyen el mundo, y nosotros parados tratando de no caernos, esperando que el mundo resista y se reconstruya.

Aterrados por una realidad endeble, paralizados ante la duda de la ilusión existencial. Nuestra conciencia busca desesperadamente lo concreto, un suelo firme para pisar, una existencia fija para abrazar, y los cambios destruyen al mundo, ramifican en el hileras de un abismo que se propaga.

Los truenos anuncian la lluvia. Explosiones de energía queman el suelo. Un Dios humano parece castigar la inconsistencia del hombre. Pero no, los rayos traen lluvia. La lluvia ingresa a la tierra como agente purificador, sana las heridas, estabiliza la tierra y la realidad vuelve a su tranquilidad. Pero no es la misma: ha cambiado, y con ella, nosotros.

El destino es el perpetrador, el que define el movimiento de las galaxias, invisibles gigantes que cubren el infinito, dioses de antaño y ahora titanes, entes perfectos y gloriosos. La melodía estelar es cantada por ellos: el tiempo debe suceder. Solo Dante en su delirio imaginó un universo simultáneo, independiente a influencia del destino, a la sucesión de los tiempos.

Pues con esta sucesión el universo cambia, se destruye en terribles tempestades, se reconstruye con suave consuelo: más no es el mismo, toma nueva forma. Adquiere la virtud de la sabiduría, de la experiencia, se viste de fantasías y sueños, nos mece mientras nos abre los ojos a nuevas maravillas, a sitios del corazón que no soñábamos, nos da un par de alas y nos encomienda a los astros, en nuestra fugaz travesía de transformación.

El resurgir del hombre en "2001: Odisea del Espacio" de Stanley Kubrick.

El resurgir del hombre en “2001: Odisea del Espacio” de Stanley Kubrick.

Sobre la libertad.

Enfrentar al vacío, dar un paso en blanco, temblar, transpirar, suspirar y saltar. La libertad es una de las fuerzas mas extraordinarias del hombre, su último propósito. Madurar correctamente es buscar la libertad. Encontrar la libertad es perseguir un sueño, es buscarse en la multitud, en los espacios más estrechos del mundo, en los mares más profundos y en las montañas más altas.

Volar para vivir, para mi no hay otra vida que esa. Volar para buscar la libertad, para encontrarla, añorarla y añorar el nuevo vuelo, el riesgo. La alegría del éxito y la recompensa de la falla son la misma sensación cuando se tiene un objetivo, cuando se adquiere disciplina, cuando se trabaja en lo que se ama y para progresar.

La libertad es la fuerza, es el inicio, el germen de toda explotación y materialización. Convertirse en sueños y esperanzas, transformarse mediante esfuerzo, en aquello que añoras; la libertad es anhelo.

Fuego, ira, energía que explota en el interior y estruendos. La libertad se libera en el alma de un joven e irradia su camino, elimina cualquier duda, salvaguarda su alegría.

Encontrarse y explorarse, explotarse y producirse, realizarse, materializarse. La libertad es transformar las sombras en luz, usar los miedos e incertidumbres en combustible, preguntarse cómo es posible evolucionar, cuál es la fuerza inmanente al hombre que lo hace resurgir de las ruinas, consagrarse al cielo, estallar.

Por esto anhelo la libertad, la busco, la escribo, admiro a aquellos que la encuentran, que disfrutan del enorme tesoro que es la fuerza interior. El joven ambiciona las cumbres, el oro, resurgir de las cenizas, transformarse en arte, belleza, acción y reacción, cambio, innovación. Explotar, y con cada explosión, encontrarse en ese abrazo tan íntimo con la libertad, esa es la representación última del alma.

mafalda-cambiarmundo

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